viernes, 17 de agosto de 2018

Berlín para principiantes

1. El peso de las columnas

 El viajero que llega a Berlín debe estar prevenido de que el diseño de la ciudad responde en gran medida a un complejo y a un deseo orientados ambos a dejar al ciudadano acojonado y con la boca abierta. Es una fisonomía que en su estampa turística más reconocible resulta  desmedida, ciclópea, imperial, de sello neoclásico, llena de ínfulas arquitectónicas, debidas, sobre todo, a Federico el Grande. Digo "complejo" por una comparación con Viena, que, como ciudad imperial, le sacaba una ventaja hiriente en todo; y digo "deseo" como voluntad, desde el siglo XVIII,  de expresar en edificios, plazas y avenidas la grandeza primero  del rey primero y del káiser después. O, lo que venía a ser lo mismo, la grandeza de Prusia primero, y la grandeza del imperio alemán, después. Y, como se sabe, aquella fue una grandeza muy seria. En consecuencia, uno se pasea por Unter den Linden, la gran avenida berlinesa y su eje de abcisas, como quien dice, y se siente sobrecogido por dos sentimientos de naturaleza contradictoria: el impulso de invadir Checoslovaquia o cualquier otro vecino que se ponga a tiro, y el convencimiento de que si uno no fuera tan poca cosa y encima extranjero le detenían seguro. Descartado lo primero por falta de ganas y munición, sigues andando, vas cogiendo confianza y  hasta dejas de marcar el paso de la oca y caminas incluso despacio, con ese punto de satisfacción infantil que dan las cosas prohibidas o clandestinas, porque por mucha gente que veas andando o en bici a tu alrededor, esa es una avenida hecha para desfiles militares victoriosos, y si es en tanque, mejor. Y tú, con zapatillas de loneta y bermudas, que agotaste las prórrogas al servicio militar y luego te hiciste objetor, de marcial solo tienes el recuerdo de la prosa de César en la "Guerra de las Galias". Conque allí vas, feliz, casi, y perplejo, mucho, como un liliputiense, preguntándote por la escala de aquellos que construyeron aquellas columnas, frisos y cúpulas: la catedral, la fachada del Altes Museum, el Museo de Historia de Alemania, la Universidad von Humboldt, la Bebelplatz..., una arquitectura mayestática levantada para súbditos. Quizás por eso los berlineses,reivindicando su condición de ciudadanos y huyendo de esa monumentalidad grandilocuente, han creado espacios amables, sencillos y libres en los patios de vecinos, y los han llenado de cafeterías y terrazas: es el revés de aquella estampa imperial y, seguramente, una imagen mucho más justa de la ciudad como estado de ánimo. 

2. La historia por los suelos

  Más pronto que tarde sorprenden al viajero unas placas de metal que recuerdan en el suelo a víctimas y testimonios de la barbarie nazi. Apenas inicias tu paseo por Unter den Linden, viniendo desde Alexander Platz, tu atención, golpeada por la inmensidad de la cúpula de la catedral protestante y por las imponentes fachadas de aquellos edificios, cuando a la izquierda, el contraste de un enorme espacio vacío entre los suntuosos edificios de la ópera, de la catedral de Santa Eduvigis y de la antigua biblioteca real te absorbe como un embudo. Entonces te ves en la necesidad de pagar el peaje de tu condición de turista con unas cuantas fotografías, pero te falta perspectiva para sacar en el mismo plano la fachada completa de cualquiera de las dos moles. Hasta la plaza se te resiste. Solo alcanzas a sacar vistas que por su naturaleza fragmentaria resultan insatisfactorias, porque lo único que importa allí es el volumen. Más culto no podría ser el emplazamiento, entre una ópera y una antigua biblioteca (ahora universidad), pero desde allí dentro el vértigo del espacio hace sentirse a uno como ante un paredón. Aquellos mármoles, amigos, no le inspiran a uno estudio, sino obediencia. Entretanto, y sin que tu voluntad haya tenido algo que ver en ello, tus pasos te han llevado al centro de la plaza, donde descubres a tus pies aquellas palabras proféticas de Heine sobre la quema de libros y de las personas. Allí mismo, el 10 de mayo de 1933 los nazis levantaron una pira con la literatura, la filosofía y la ciencia.


En las aceras de otras calles, en otros barrios, no lejos de allí, algunos adoquines de bronce encastrados en las piedras son partes del camino que recuerdan la identidad de muchos judíos asesinados. Es una reivindicación del nombre frente al número. Esos adoquines dorados son como hitos en el suelo del bosque urbano; la luz del sol se refleja en ellos y devuelve destellos de memoria: "Aquí vivió Jakob Honig, nacido en 1881. Víctima de la Polenaktion de 1938. Destino desconocido" en una acera de la Rosenthaler Strasse.  "Aquí vivió David Guter, nacido en1871. Deportado el 2 de febrero de 1943. Asesinado en Theresienstadt el 11 de abril de 1943". "Aquí vivió Friedrich Hirsch, nacido en 1915. Fue deportado en 1942 a Auschwitz, donde fue asesinado el 22 de diciembre de 1942". Y junto a este recordatorio, el de su madre y su hermano, los tres en la Gips Strasse número 9. Entonces levantas la cabeza y ves la fachada de esos edificios y piensas que alguna de esas ventanas era la de la habitación de esas personas.
   


Es un gesto motivado por una curiosidad imprecisa, cuyo resultado trasciende el conocimiento visual de esa fachada, porque de pronto esos nombres encerrados en las placas de metal se levantan como gorriones hacia las cornisas de los balcones o a los alféizares de ventanas donde una vez  aquellas personas se asomaron felices; y al hacerlo reclaman en mi imaginación y en mi memoria aquel instante de su vida. Karla Rosenthal, Gisela Niegho y la familia Schwarz en la Neue Schonhauser Strasse; la familia Salinger en la Rosenthaler Strasse; la familia Marcuse, en la Gips Strasse; Jakob y Felli Bergoffen, en la Sophien Strasse; la familia Kramer, en la August Strasse 27... Y tantos otros, especialmente en esas calles del Mitte, cerca de la Sinagoga Nueva, un edificio de mediados del siglo XIX  de imprecisas influencias orientales (y parte de esa imprecisión estriba en que su orientalidad está inspirada en gran medida en la Alhambra de Granada). En su tiempo fue la mayor y más lujosa sinagoga de Alemania, pero víctima de asaltos y de un incendio perpetrados por los nazis la "noche de los cristales rotos", de las bombas de los aliados en la guerra y de la política urbanística de la RDA, hoy apenas es un vestigio cuya restauración parcial armoniza la ruina con la memoria. Queda su cúpula dorada. En la guerra los nazis obligaron a ocultar su brillo con una gruesa capa de pintura negra dentro de las medidas generales de oscurecimiento y ocultación en previsión de ataques de la aviación enemiga. Pero en el cielo de Berlín su brillo es hoy una referencia, como lo es el brillo de las placas en sus calles.  

3. Cicatrices de hormigón


Un poco más hacia el norte, saliendo ya de la parte más turística del mapa, Berlín descubre otra fisonomía más de barrio, sin prosopopeya arquitectónica alguna. Hay bares, cafeterías, restaurantes baratos de comida turca o vietnamita, comercios, academias de idiomas, tiendas de alquiler de bicicletas, terrazas, galerías de arte, librerías, supermercados, gente tumbada a la bartola en los jardines... Pero sigues un poco más y parece que esa vida se va apagando. Los edificios son más uniformes, las calles más tranquilas, hay menos tráfico. Se diría que uno ha cruzado una frontera borrosa en la ciudad, y sin transición pasas del bullicio a un silencio de domingo por la tarde. Caminas un poco más y llegas a una ancha avenida, la Bernauer Strasse, donde te asalta esa vaga sensación de las cosas que terminan. Allí la metáfora del telón de acero se convertía en un muro de hormigón armado. Su trazado era el de esa misma calle. Una placa metálica en el suelo lo recuerda; luego una serie de listones metálicos clavados en la acera, y un poco más allá, hacia el oeste, el mismo muro, una torre de vigilancia, un jardincillo, que antes fue cementerio y luego, desafectado y convertido en lo que las autoridades de la RDA llamaron "franja de intervención" o "franja de control": la zona anexa al muro donde la presencia de cualquier persona no autorizada podía implicar su muerte a manos de los vigilantes.    

Hay otras partes de la ciudad donde se conservan paños del muro: en la Niederkichnerstrasse, frente a lo que hoy es la exposición de la Topografía del Terror, situada sobre el solar donde se levantaba el siniestro edificio del cuartel general de la Gestapo. Y el más conocido, el de la Mühlenstrasse, junto al río Spree, hacia el este, cerca del puente Oberbraum. Son 1.3 kilómetros de muro convertidos en galería de arte (bastaría comparar las imágenes de un lado con el gris sucio del otro para que uno decidiera de qué lado del muro le hubiera gustado vivir). Ahí brilla el cuadro de Dimitri Vrubel, "El beso de la muerte", recuerdo satírico de aquel famoso morreo entre Breznev y Honecker de 1979, que concita la peregrinación de los turistas en busca de la foto. 
La consecuencia de la conversión de la metáfora del telón en piedra es que uno puede hacerse una foto junto a ella y, por muy poco dinero, puede llevarse unos gramos de historia a casa. En todas las tiendas de recuerdos venden postales de imágenes del muro con una capsulita de plástico que contiene una porción ínfima de cascote original. En algunas incluso los venden a peso, a tanto el gramo, y hay cascotes que llegan a valer 20.000 euros.
Pero a pesar del esplendor icónico de muchas de las imágenes que adornan el muro en Mühlenstrasse, el tramo de la Bernauer Strasse refleja mucho mejor la herida que supuso la separación de la ciudad. Junto al jardín, siguiendo ahora hacia el este, se mantiene el espacio trágico de la "franja de control", pero no a costa del cementerio y de la iglesia, sino de fincas de vecinos que fueron derrocadas para ganar esa tierra de nadie donde se disparaba al fugitivo. De nuevo la historia sale al paso del viajero: unas placas redondas que indican lacónicamente el lugar y fecha por donde huyó tal persona, tal familia o marcan el trazado de un túnel. Pero si el viajero levanta la vista, ya no se encuentra ventanas. Aquellas que daban al muro fueron cubiertas con alambre de espinos, luego fueron cegadas con ladrillos, y finalmente fueron derruidos los edificios que las albergaban. En consecuencia, la vista alcanza a los otros edificios, cuyas paredes medianeras quedaron al descubierto, pintadas ahora con imágenes que homenajean a los primeros berlineses que huyeron.     




 4. El cielo sobre Berlín
Si un ángel triste quisiera jubilarse de la eternidad y bajar a vivir como hombre en las calles de Berlín, tendría muchas alturas desde donde hacerlo. La más ostentosa sería la Torre de Comunicaciones, que con sus 368 metros no es solo el edificio más alto de la ciudad, sino uno de los más feos. Además tendría el inconveniente de que no podría pasar inadvertido, porque siempre hay gente a cualquier hora por la Alexander Platz. Luego estarían los rascacielos de la Postdamer Platz, pero son demasiado modernos y teñirían de financiero una hazaña tan romántica. Una alternativa son las cúpulas, entre las que destacan la de la catedral protestante, la de la sinagoga nueva y la de cristal que hizo Foster para el Bundestag. Por emplazamiento me quedaría con la catedral, y por vistas, con la de Foster. En ella habita Sísifo en forma de limpiador de cristales, a turnos de ocho horas -espero-, con quien podría echarse un pitillo y su poco de charla sobre el tiempo. Y luego, una vez en tierra, se tiene el Tiergarten a mano, por donde siempre es apetecible pasear, y si aún no se dispone de alojamiento, oye, un banco al resguardo de un roble frondoso puede valer. Otra alternativa muy interesante es la antigua estación de rádar del ejército estadounidense en el Teufelsberg (la montaña del diablo), que despierta, además, connotaciones muy sustanciosas. Sin embargo, cuando en 1987 Wim Wenders tuvo que elegir emplazamiento para su ángel cesante en "El cielo sobre Berlín" se inclinó por la Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche (iglesia en recuerdo del emperador Guillermo), una especie de tarta nupcial construida a finales del siglo XIX en estilo neorrománico y de escaso valor arquitectónico cuya presencia como ruina es mucho mejor que el merengue original. De hecho los mismos vecinos, años antes de la guerra, ya abogaron por demolerla, pero entonces el recuerdo del Káiser aún pesaba algo en la política municipal. Queda ahora esa ruina, convertida en símbolo e icono (o, si se prefiere, en marca), por tanto ya mucho más valiosa por lo que representa -denuncia de la guerra, imagen de la ciudad- que por lo que es.       




5. Otros muros y otros cielos
Llego a Berlín en busca de un Berlín que ya no existe, en un ejercicio de documentación para una novela gráfica que escribo desde hace años. Ando por sus calles tras las huellas de un detective de la Kripo (la policía criminal) represaliado por un asunto relacionado con la arianización de bienes del pueblo (es decir, con el robo de posesiones de los judíos). Aquello fue en enero de 1940, un invierno durísimo que dejó en las calles pilas de nieve de más de un metro de altura. Ahora apenas ya nieva aquí. Llevo un par de mapas en mi mochila, uno actual, y otro del Berlín de la guerra en cuyo reverso hay otro del de la RDA. Me siento yo mismo como un detective o como un arqueólogo, solo que los estratos están todos al mismo nivel. Cumplo con la visita a los puntos de rigor marcados en el primero, busco unos y dejo que otros me encuentren. Recorro la Wilhelmstrasse, por ejemplo, la última gran avenida perpendicular hacia el sur de Unter den Linden y la mayor concentración de edificios oficiales durante la época del nazismo. Allí estaba el Palacio Presidencial, el Ministerio de Agricultura y Alimentación, el de Asuntos Exteriores, la cancillería del Reich, el Ministerio de Propaganda, la Cancillería de Hitler, el Ministerio de Aviación, el cuartel general de las SS... Y de todo aquello apenas queda nada. Uno se pasea por allí y parece un barrio nuevo de las afueras de cualquier ciudad. De hecho, la mayor parte de sus edificios están hechos con bloques prefabricados. Entre ellos llama la atención una enorme construcción de tipo administrativo, líneas rectas, corte sobrio y fachada de losas de mármol. Es el Ministerio Federal de Finanzas, que antes fue "la Casa de los Ministerios" en la RDA, y en los bajos de cuyo extremo oriental luce un mural cerámico que representa el paraíso comunista.

       
Y un detalle de tanta felicidad:


Ese fue uno de los pocos edificios que en esa zona de Berlín quedó indemne tras la guerra. Fue construido a instancias de Göring, y albergó el Ministerio de Aviación. Antes del mural de la arcadia socialista lucía este relieve marcial:





Con todo, la imagen más llamativa de la Wilhelmstrasse nos la ofrece otro relieve y otro perfil:  




Es el monumento en homenaje a Georg Elser, el autor del atentado que a punto estuvo de costarle la vida a Hitler en una cervecería de Múnich el 8 de noviembre de 1939. Su perfil se recorta en el cielo de Berlín, con el globo publicitario de Die Welt al fondo como testigo. Entonces sigo la dirección de su mirada y me encuentro con este edificio anodino:



Es uno de esos que digo, construido en los años de la RDA a base de bloques prefabricados. No hay en él nada ostentoso ni llamativo. De hecho casi todos los de la zona son así. Entonces, ¿por qué mira Elser hacia ahí? Precisamente porque en el solar que hoy ocupa se levantaba la Cancillería de Hitler, su residencia desde que empezó la guerra. Las bombas la dejaron arrasada; luego, durante años, quedó el espacio abandonado, hasta que finalmente se construyeron esas fincas. De alguna manera esto constituía un caso más de "damnatio memoriae" arquitectónico, es decir, un intento de borrar las huellas de un pasado incómodo y vergonzante. Pero la mirada de Elser, como aquellas placas de metal en las calles, devuelven la memoria como un acto de justicia poética.    





miércoles, 9 de mayo de 2018

El curare y 84 átomos de kriptón



      
"El ángel de la muerte", de Evelyn de Morgan
 Una noche de principios de febrero de 2009 nos reunimos un fontanero, un antropólogo, un profesor de instituto –servidor- y un ingeniero industrial, que ejercía de anfitrión y que fue quien nos convocó para escuchar la grabación de un programa de radio de la RCN colombiana en el que una persona relataba su experiencia post mortem en territorio de los indios ticuna, junto al río Coturé, en la amazonía colombiana.
       El redivivo era un ingeniero de una empresa petrolífera que durante una cacería había sufrido un accidente cuando uno de aquellos indios, acaso corto de vista o largo de chicha, confundiéndole con un perezoso le lanzó un dardo impregnado en curare. El hombre cayó como una pera del olmo al que se había encaramado y en vez de morirse como Dios manda entró en un estado de catalepsia del que se recuperó al cabo de dos meses. Extrañamente los ticuna no lo enterraron, sino que lo cubrieron con hojarasca, y allí, en la humedad de su lecho, ni los hongos, ni los insectos, ni las serpientes, los pájaros ni los jaguares se ocuparon de él. De haber sido haitiano, negro y pobre hubiera explicado el suyo como un caso de subcontrata temporal zombi a cuenta de algún hechicero vudú de la zona, pero como era colombiano, ingeniero, blanco y culto, el relato de su experiencia fue una serie de imágenes ya conocidas del tránsito al trasmundo y un tratado de escatología new age. Por aquella leve región de la conciencia de un cerebro a bajas revoluciones encerrado en un cuerpo casi muerto pululaban al final del túnel unos seres brillantes envueltos en túnicas blancas, los ángeles de la muerte, quienes en aquel momento impartían un cursillo de espiritualidad.
       Al escuchar aquello me sentí desfallecer y tuve que echar mano del orujo para recobrar el ánimo. Lo de que haya vida después de la muerte no me parece mal del todo; pero más cursillos..., eso es una crueldad innecesaria.
       En el currículum de aquel figuraban, entre otros, los siguientes temas: la constitución del alma, el “cordón de plata” (vínculo entre aquella y el cuerpo), la zona fantasmal, los chacras, la teletransportación, el juicio vivencial, la tercera, cuarta y quinta dimensión y, por último, la reencarnación.
       Dos meses dedicado por entero a esos asuntos, sin que uno no tenga que entretenerse en comer, beber ni otros menesteres afines dan para mucho, y no seré yo quien cuestione el aprovechamiento que de ello hizo el ingeniero. Es más, dado su ojo clínico y gracias a la enseñanza personalizada que se estila en el más allá, el hombre regresó con el conocimiento exacto de la composición del alma: 84 átomos de kriptón.
       No tengo apenas dudas acerca de la veracidad de esta historia, tan solo la ordenación cronológica de un hecho me inquieta: ¿el discurso espiritualista fue una consecuencia del dardo que le lanzó el indio o fue la causa? A mí me parece más lógico lo segundo, pero en ambos casos resulta evidente lo extraordinario del tóxico.
 
     En el año 1791 el jesuita padre José Gumilla publicó una edición corregida e ilustrada de su “Historia natural, civil y geográfica de las regiones situadas en las riberas del río Orinoco” –una copia de la cual tengo ahora sobre mi mesa-, en cuyo capítulo XII, bajo el epígrafe “Del mortal veneno llamado curare: raro modo de fabricarle y de su instantánea actividad”, leemos: “Entre el cieno corrupto, sobre el que descansan aquellas aguas pestíferas, nace y crece la raíz del curare, parto legítimo de todo aquel conjunto de inmundicias: sacan los indios caverres estas raíces, cuyo color es pardo, y después de lavadas y hechas pedazos, las machacan y ponen en ollas grandes, a fuego lento: buscan para esta faena la vieja más inútil del pueblo, y cuando esta cae muerta a violencia del vaho de las ollas, como regularmente acontece, luego substituyen otra del mismo calibre, en su lugar, sin que ellas repugnen este empleo, ni el vecindario, o la parentela lo lleve a mal; pues saben que este es el paradero de las viejas. Así como se va entibiando el agua, va la pobre anciana amasando su muerte”. Continúa Gumilla extendiéndose con las propiedades mortíferas del curare, tan inapelables, que una vez infeccionada la sangre, siquiera por un rasguño, ni bestia ni hombre alcanzan apenas a expresar la sorpresa por la herida, porque en un tris la sangre se enfría, el corazón se para y adiós. Ni en este libro ni en otros he encontrado que el curare suscitara un estancamiento sensorial externo compensado con la apertura de un canal perceptivo al otro lado –síntomas que me parecen más bien propios de otras sustancias vegetales como el peyote, la ayahuasca, la brugmansia o la amanita muscaria, todas ellas englobadas en los últimos años bajo la denominación de “enteógenos”, un neologismo cuyo significado etimológico es “que crea a un dios en su interior”. Si fuera, pues, un enteógeno, en vez de curare, lo que hubiera alterado el estado del ingeniero, cabría pensar entonces que el árbol, el indio del dardo, el dardo y la herida estaban en el mismo plano sensorial que los ángeles docentes y que los 84 átomos de kriptón, es decir, en su relato alucinado, y, de paso, confirmaría que esas experiencias de contacto con Dios o con sus subordinados son tan intensas y trascendentes para quien las vive como insulsas para quien las escucha. A no ser, claro, que quien las cuente se llame Santa Teresa de Jesús.

lunes, 26 de marzo de 2018

"Zapatos de ante azul": el inicio de la novela


1. Zapatos de ante azul


Ese hombre sentado que ahora levanta su jarra de cerveza y la vacía de un trago mientras con el pie derecho sigue el ritmo de I will survive, que con voz arrastrada destroza un émulo de Gloria Gaynor sobre el minúsculo escenario, se llama Elvis, así a secas, aunque algunos, los que le conocen de más tiempo, le llaman a veces Chico Elvis, y otros, los menos, Travolta o Toni Manero, porque dicen que se parece a John Travolta, pero no tan alto, bastante más grueso y con menos pelo. Hace apenas una hora interpretaba su versión de Zapatos de ante azul: “una por la pasta,/ dos por el show,/ tres, prepárate,/ venga, tío, voy...”, pero son las dos de un sábado y apenas hay clientela, sólo dos parejas que hace tiempo que han apurado sus copas y que no tienen pinta de consumir más, conque cuando termina la diva –lánguidos aplausos-, él se levanta y dice: ¡Vamos a cerrar! Los otros perezosamente lo imitan, se van, y él, como aún tiene que esperar a que su acompañante de cartel se baje de sus botas y se vista de calle, aprovecha y, mientras, retira los vasos, vacía los ceniceros, limpia las mesas y barre un poco el piso. Aquel, desde un cuarto de baño repleto hasta el techo de cajas de cerveza le grita: Elvis, ¿que no hay gas?, y él: ¡Se acabó ayer! Dúchate con agua fría, que no te vas a constipar, guapa. Y aunque todavía queda bastante porquería en el suelo, sobre todo colillas y tierra de la obra de al lado, que por mucho que barras se cuela por todos los rincones, deja la escoba y se sienta de nuevo. ¡Date prisa, no te me vayas a poner ahora estupenda, que es lo que me faltaba! Tranquilo, solo es una duchita rápida y ya estoy. Una duchita rápida y ya está; la madre que lo parió, dice Elvis, y al cabo de unos minutos se levanta, coge una bayeta de detrás de la barra y se pone a quitar el polvo al cuadro del Rey que hay pintado en la pared del fondo, a la izquierda, junto al escenario.
Él no se ducha aquí, ya se duchará en casa si le apetece. Maqueado a pesar del calor con su traje John Belushi, la camisa blanca y sus botas de tacón cubano, casi siempre actúa con su ropa de calle, por lo menos aquí, en "Las Cuatro Rosas"; en las galas de Bolos es diferente, más festivo, como este Elvis de la pared, en blanco y oro, perfilado en negro, un brazo en alto y el otro al frente, como tendiendo el micrófono al público para que coree el estribillo, but don´t you step on my blue suede shoes..., una pierna parece mucho más corta que la otra, y las cejas..., se les ha ido la mano con las cejas, ...anything that you wanna do. El tupé es lo que más me gusta, y el rótulo que hay debajo de la pintura: "Elvis Presley, el Rey". Lay off of my shoes... y en eso que sale Doli y dice: Si le sigues frotando así, le vas a poner cachondo. Elvis se da la vuelta; ya era hora, responde. Y la otra, qué culpa tiene una si le gusta estar limpia y no ir por ahí oliendo a jamón.
Doli -abreviatura familiar de María Dolores- lleva un vestidito ceñido y calza unas zapatillas del cuarenta y dos por donde asoma el antiguo Manolo.
-Venga, cerrando- dice Elvis con voz desganada.
En la placeta no hay nadie. Ella despotrica contra la finca que están construyendo. Elvis asiente con monosílabos. Luego ella se calla y siguen en silencio hasta el Mercado. Allí Doli encuentra a una conocida, y Elvis se despide y continúa solo. En la Bolsería pasa por enfrente de un garito donde adolescentes embutidos en vaqueros y camisetas alardean de atributos mientras beben cerveza y oyen música de Los Rodríguez. Uno de ellos le grita: ¡Eh, Elvis! Él masculla un insulto y sigue caminando, atraviesa la zona de bares y al poco ya está en casa.
Es un tercero pequeño y mal ventilado, que huele a ambientador revenido, sudor añejo, polvo y hierbas. En su comedor-salita-cocina un hombre delgado de unos cuarenta y pico lee arrellanado en un sillón de hule un artículo del "Muy Interesante". Elvis saluda y antes de sentarse en el otro sillón coge una cerveza de la nevera. ¿Qué tal la nueva infusión? -pregunta-. Ya ves –responde el otro-. Pues sí que estamos bien. Y a ti, ¿qué? Bah, nada especial, muy poca gente -dice, abre la lata de cerveza y bebe un trago-. Oye, pero si estás empapado de sudor. Sí, es que de momento, hasta que lleve los otros a que me los arreglen, solo tengo el Viva Las Vegas y este... Los trajes se pueden entrar, pero no al revés; tienes que hacerme caso, Chico, te sobran por lo menos diez kilos. Ya, si lo tengo pensado, no creas. Un día de estos voy a racionarme las birras. Sí, un día de estos. No te pongas borde -concluye Elvis, y ya no se dicen nada más, uno vuelve a su revista y el otro, a su cerveza, hasta que Elvis descubre un acuario sobre el aparador donde antes se apilaban sus cintas de música. ¡Y esto! –exclama- ¿qué es esto? ¿Dónde están mis cintas? Tranquilo, están ahí, en el suelo, las he puesto en unas cajas de zapatos. Es que he tenido que traerme unas pirañas porque últimamente en la tienda están muy nerviosas y no comen nada, a ver si aquí puedo sacarlas adelante. Ah, muy bien, pirañas, y te las traes a casa para una cura de reposo. Pues espero que no les moleste la música. ¿Y qué comen? Allí les damos liviano o cebo vivo. ¡Cebo vivo! Bueno, eso es lo suyo; yo, de momento, lo estoy intentando con trocitos de longaniza y mortadela, y parece que les va. Ah, cojonudo, les alabo el gusto, porque eso es justo lo que iba a almorzar mañana. Ahora para estar en paz supongo que tendré que freírmelas como boquerones, porque ya he visto que la nevera está pelada. Claro, como te ha dado pena dejártelas solas, las pobres, pues has dicho para qué voy a ir a comprar si total es un día y además a Elvis le va a venir fenomenal un poco de ayuno a ver si pierde algunos de esos kilos que le sobran y se puede cambiar el traje que lleva. Tú, como te puedes pasar con tus sopas de mijo y un poco de alpiste, pues no hay problema, eh.

 

lunes, 26 de febrero de 2018

Lecturas adolescentes

Sí, ya sé que ese lector no es un adolescente, pero denle tiempo. Además, me encanta esta foto de Tatyana Tomsickova
Dentro de la jerga didáctica, muy rica en tecnicismos, eufemismos y estupideces -categoría ésta que a menudo implica a las anteriores-, uno de los casos más logrados de estulticia es la expresión "libro de lectura". El término parece sugerir otros usos habituales de ese objeto. Por ejemplo: "libro arrojadizo", "libro de equilibrios", "libro de exhibición" o "libro de intimidación"..., es decir, libro de lo que sea o para lo que sea, menos para leer. Pero no, ya digo que se trata de una expresión jergal; vaya, que se le puede perdonar la redundancia a cambio de un matiz. Esto lo sabe cualquiera: el libro de lectura se opone al libro de texto, que es más serio y sirve para estudiar las lecciones. El complemento preposicional "de lectura" cumple entonces dos usos: uno de tipo especificativo, que nos remite a su significado concreto (ese libro que manda el profesor de lengua cada evaluación y del que suele poner un examen -al que se denomina con toda propiedad "examen de lectura" (a veces también "control de lectura", que asusta menos)- o bien del que pide un resumen. Y otro uso mnemotécnico, muy importante: el de recordar a los alumnos que lo que tienen que hacer con ese libro es leerlo y no otra cosa. Por lo general, es el cumplimiento de ese cometido lo que nos suele preocupar a los profesores y a las editoriales. De ahí que haya triunfado una expresión tan tonta. Pero lo peor de esto no es que lastremos la lengua con tanta ganga. Intentaré explicarlo.
El otro día me viene un vecino y me pregunta si tenía por casa alguna adaptación de "La vuelta al mundo en ochenta días", que era el "libro de lectura" de su hijo en la segunda evaluación. He de aclarar que su hijo es un zamarro de 13 años que ya hace tiempo que se afeita. Le dije que me parecía que guardaba por algún cajón un vídeo de los dibujos animados de Willy Fog, pero no era eso lo que buscaba. Al menos, no tanto. Él lo que quería era una adaptación: "ya sabes, para chavales". ¿Pero qué es lo que hay que adaptar en una novela de Julio Verne? Cuando yo era pequeño leíamos las novelas de Verne, las de Salgari, Jack London, Stevenson, incluso las de Karl May, y no nos hacía falta ningún ajuste. Ahora bien, no había nadie que temiera que el esfuerzo empleado en la lectura pudiera causarnos un esguince cerebral. Y, lo que es más importante, nuestros padres no se torturaban con un sentimiento de culpabilidad si nos aburríamos en casa. En cambio, los niños de hoy, apenas insinúan su primer bostezo, ya tienen a los suyos corriendo a apuntarles a clases extraescolares de gaita. ¡Que se aburran los otros! parece ser el lema. Los de las editoriales, que a veces también son padres, se han aplicado con denuedo en la batalla contra la gran lacra y se han lanzado a adaptar todo. La receta es fácil: lo primero es quitar un montón de páginas, cuantas más mejor. Luego cambian las descripciones por ilustraciones, reducen los diálogos, eliminan las digresiones, simplifican la trama y quitan las palabras que puedan requerir una búsqueda en el diccionario. A cambio de todo esto, te adjuntan después del texto un "dossier didáctico". El éxito que han tenido con esta maniobra ha sido de tal envergadura, que ha dado pie a la creación de una subliteratura para alumnos de instituto. Sus características son las mismas de las adaptaciones que digo, pero aquí no se dedican a asesinar obras ajenas, sino que son engendros propios, que muchas veces pretenden colar en los institutos con la añagaza de los temas transversales -es decir, con las buenas intenciones-.
Por supuesto que hay excepciones. La semana pasada mi amigo Luis Lajara me invitó al acto de presentación de la colección de clásicos "Loqueleo" de la editorial Santillana en Valencia. Allí el profesor y escritor Fernando J. López nos sorprendió con un discurso lleno de gracia y sentido común en el que reivindicó la actualidad de nuestros clásicos: "La Celestina", "Lazarillo de Tormes" "La vida es sueño", "Rimas y Leyendas", "Luces de bohemia"... ¡Sin adaptar! Con toda su complejidad y su riqueza, editadas con mimo y elegancia, pero, sobre todo, con respeto hacia los profesores y hacia los alumnos. A los primeros, por apostar por nosotros como transmisores de la lección de humanismo que enseñan los clásicos; y a los alumnos, por presuponerles la inteligencia y la inquietud para aceptar el desafío. 
Por todo ello, cuando los planes de estudio han ido acorralando la literatura en los márgenes del currículum, estas propuestas clásicas de "Loqueleo" nos dan herramientas y esperanzas en nuestra batalla contra la infantilización de la enseñanza secundaria.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Crónicas de Jerusalén, de Guy Delisle

Para cualquier aficionado al cómic la gran referencia gráfica sobre el conflicto entre israelíes y palestinos es "Palestina", de Joe Sacco, escrita entre 1991 y 1992 como una indagación que diera respuestas a un presente cargado de miedos, inseguridades, injusticias y agravios a través de la yuxtaposición de los relatos de diferentes protagonistas. El resultado, al igual que el de otros trabajos suyos, fue un álbum de poderoso contenido político en el que se constataba el doloroso contraste entre los intereses del individuo y los del estado, especialmente cuando el primero era palestino y el segundo israelí.
     Esta "Crónica de Jerusalén", de Guy Delisle, es muy distinta ya desde el título, que no implica ni simpatía ni juicio, simplemente nombra la ciudad que fue escenario durante un año de una experiencia personal despojada de cualquier heroísmo (de agosto de 2008 a julio de 2009). Se podría decir que el título es una declaración de intenciones ética y estética. Lo primero, porque la crónica es género mixto entre la información y la opinión; y lo segundo, por la ausencia de prosopopeya y por esa exigencia de precisión y economía que caracteriza al texto periodístico. Delisle no busca contar el gran relato de Jerusalén ni rastrear la genealogía del conflicto; él nos narra con sencillez la experiencia en aquella ciudad a la que acude como marido de una médico de la ONG "Médicos Sin Fronteras" con los hijos de ambos. De hecho esta circunstancia no aparece como una mera información de contexto, sino que supone una parte esencial del cómic, de modo que la crónica discurre paralela al diario, incluso supeditándose a este, puesto que la organización narrativa depende en primer lugar de la ordenación cronológica mensual; y, en segundo, de una selección de vivencias personales donde se intercala lo cotidiano con lo público, especialmente con aquello que a cualquier turista occidental le resultaría curioso (por su interés histórico, religioso, artístico o antropológico), absurdo (por la diferencia de  usos, normas y costumbres) o injusto (por las maneras de gestionar las diferencias).
      Veamos un ejemplo: el mes de septiembre. Está dividido en ocho escenas, cada una con su correspondiente título:
1: Ramadán; 2: Qalandia; 3: Logística del día a día; 4: La calle Jaffa; 5: El asentamiento de enfrente; 6: Un festival de festivales; 7: En el parque; 8: Psicología de barra.        
     En "Ramadán" subraya lo llamativo de los adornos navideños en las fachadas de las casas de los musulmanes y la inactividad de estos durante el día. Son pinceladas costumbristas típicas de una guía de viajeros. De detalles así el álbum está lleno. A veces, incluso, las viñetas se llenan de imágenes que parecen una sucesión de tarjetas postales. Las de Petra, en Jordania, o las del fin de semana en Acre representan por su acumulación uno de los ejemplos más notables. En ellos se aprecia el talento de Delisle en las panorámicas de contenido arquitectónico, en las que sorprende la expresividad que consigue con unas descripciones tan sintéticas.
Esa capacidad de síntesis alcanza su mayor expresión en el dibujo de los personajes, en especial en el del propio autor, deliberadamente alejado del retrato realista y que recuerda tanto a aquel perro aplastado que fue mascota de Barcelona 92.  





 En "Qalandia", el objeto de atención son los obstáculos que plantea el muro a los palestinos. Esta es la escena más larga del mes, porque el muro es como una enorme cicatriz que marca la vida de todos los habitantes de la región (sobre todo si son musulmanes). Por eso su protagonismo se repite a lo largo de otros meses y otras escenas. En realidad Jerusalén es una ciudad de muchos muros: antiguos, recientes, unos de cemento, otros de piedra, unos de palabras, otros de silencio, pero todos de lamentaciones. Y, poco a poco, Delisle nos los va enseñando conforme él mismo los va descubriendo, porque el cómic es en gran medida la historia de su gestación, de modo que él es el protagonista de la mayor parte de las viñetas, con mucha frecuencia en posición de dibujante, conformando así un metarrelato en el que aquí y allá leemos comentarios como los que siguen:

-En la ciudad vieja hay mucho que ver. Hoy dibujaré un especial "lugares sagrados". (página 68)
-Tengo la impresión de no dar el tipo como reportero. ¿Qué huevos voy a contar? (página 120)
-Mientras dibujo un viejo olivo de 2000 años que había visto a Jesús pegar la oreja a un centurión, la ciudad se paraliza. (página 245)
-El mejor momento de la semana es cuando cojo el coche y salgo en busca de algo que dibujar (página 286)
     En muchas páginas la ordenación cronológica lleva a situaciones cotidianas que podrían ser perfectamente prescindibles, como en la tercera secuencia de esta serie: "Logística del día a día", que es una sucesión de labores domésticas y de intendencia familiar; pero a renglón seguido, en la cuarta secuencia -"La calle Jaffa"- una mera salida con su hijo para comprar zapatos le lleva a recordar un atentado de un palestino que arremetió con su excavadora contra civiles en esa concurrida calle, una de las más importantes de Jerusalén. Balance del atentado: 3 muertos y 46 heridos. La ciudad está llena de esas heridas de guerra; todo el país lo está, incluso el desierto: un tanque abandonado en la arena, casas derruidas, colonias levantadas en territorios ocupados, beduinos cuyos caminos son bloqueados por el ejército israelí, niños que caminan dos horas para ir al colegio y que son apedreados por los colonos... Y luego, en el mes de enero, la "operación plomo fundido" contra los territorios palestinos de Gaza, donde la renuncia de Delisle a acompañar a un grupo de periodistas a una colina próxima para contemplar los horrores a los que se ve sometida la ciudad por la aviación israelí deja la elocuencia de su testimonio más en el texto que en el dibujo: 7 ENE. Más de 40 ataques aéreos sobre Gaza durante toda la noche, una escuela de la ONU bombardeada y más de mil víctimas (página 165). 
     La presencia de los colonos judíos en territorio palestino es el tema de la quinta secuencia del mes de septiembre (te recuerdo -más para justificar mi desorden que para atraer tu atención- que, aunque me refiero también a viñetas y situaciones de un ámbito más general, estoy explicando la distribución y contenido de las de ese mes). 


        Su título, "El asentamiento de enfrente", avisa ya de la proximidad con los barrios de Jerusalén oriental, los habitados por musulmanes, donde reside Delisle. De ahí que en sus vivencias en la ciudad -y, por ende, en su relato- abunden las situaciones molestas, trágicas, paradójicas o injustas derivadas de la ocupación. Aquí simplemente se constata esa circunstancia, se subraya el hecho de que hay mucho civil judío que va armado y se presenta como una contradicción el que unas mujeres musulmanas vayan a comprar al supermercado del asentamiento. Pero hacia el final del álbum se nos da cuenta de otras mucho más graves. En el capítulo "Plic ploc", situado en el mes de junio, se produce una de esas situaciones tan apreciadas por Delisle en la que lo cotidiano, lo aparentemente banal, desemboca en lo político: el dibujante se queja a su casero de la escasez de agua en su apartamento. Se produce entonces el siguiente diálogo:
-Es porque el agua nos llega desde Ramala por la antigua canalización jordana.
-¡No lo entiendo! Hay una torre de agua justo ahí arriba.
-Eso es para los asentamientos, no para nosotros. Pagamos los mismos impuestos que ellos, pero no tenemos derecho. Es como la recogida de basuras. La pagamos, pero no recibimos el servicio.
    Por contra,  donde lo cotidiano se queda en lo particular es en la siguiente secuencia -"Un festival de festivales"-, que solo añade unas páginas al álbum que nos informan del celo profesional de los empleados del servicio de seguridad de AL.
     Otra situación temática que se repite con cierta frecuencia es la que nos presenta en la secuencia nº 7, "En el parque": el paso de un puesto de control policial en una de las muchas fronteras que llenan el país. Primero es el miedo de los policías ante una musulmana que puede resultar una terrorista kamikaze; luego, el miedo de la mujer, a la que obligan a desnudarse. Falsa alarma. Pero el miedo es muy real y permanece. En ese contexto, las viñetas de unos niños judíos ortodoxos jugando en el parque con unos niños musulmanes se agradecen como imágenes de confianza y optimismo. Más adelante veremos que esos sentimientos se refuerzan cuando Delisle da el protagonismo a los miembros de la organización israelí "Breaking the silence" (página 279-284), formada por soldados veteranos que han decidido "romper el silencio" del ejército para dar a conocer la situación de los territorios ocupados tal y como la vivieron.           
     Por último, en "Psicología de barra", acompañamos a Delisle a una reunión de psicólogos donde se ha debatido, entre otras, la cuestión de...


      No se dice de dónde han salido esos psicólogos, dónde han estudiado, qué han fumado o qué han bebido durante la reunión, pero Delisle, tan acostumbrado en sus viajes (y en sus álbumes) a lidiar con las mayores estupideces cotidianas, se desmarca de esa afirmación y deja en entredicho la perspicacia clínica de sus anfitriones. 
     He leído alguna crítica a "Crónicas de Jerusalén" en la que se echa en cara a Delisle su parcialidad hacia los palestinos y en contra de los judíos, pero no me parece justo plantearlo así.  Sus viñetas más comprometidas son testimonio de una realidad muy dura que a muchos no gustará, pero criticarlo por ello es lo mismo que culpar al periodista de la noticia incómoda que no nos conviene que se conozca.   


 

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Historia de la gandulería literaria (1)


     


     A veces me tienta la idea de escribir una historia de la literatura a través de las semblanzas de sus personajes y autores más gandules, pero la amplitud de la nómina asusta y, aunque tengo algunos folios de índices, tablas y esquemas, me falta fuelle para tanta historia: demasiados vagos, demasiados abúlicos, demasiada molicie... Como decía Bartleby, uno de los capitanes más subversivos de toda la haraganería, "preferiría no hacerlo".
     Apenas un par de generaciones atrás la gente estaba más avisada sobre esa carcoma de la voluntad que transita desde las páginas de las novelas hasta una región ignota del córtex cerebral. La lectura de ficción era asunto de señoritas y, a menudo, una actividad furtiva. Los casos de don Quijote y de Emma Bovary, si bien sublimes en lo literario, eran ejemplos vivísimos de los efectos secundarios de la lectura. Baltasar Gracián lo supo ver bien, por lo que desaconsejaba la de Cervantes, aduciendo que era cosa de pimpollos, lo mismo que silbar,  tocar la guitarra, vestir jubón verde o hablar francés.
    
Él hubiera preferido que le sacaran sentado  
En tiempos de Goncharov ya no se llevaban jubones, sino levitas, y aunque no me consta que en el ropero de Oblómov las hubiera de ese color, queda fuera de duda que hablara francés y, lo que es peor, que su posición más frecuente en la vida fuera la de una horizontalidad silbante. Con todo es justo reconocer que su holgazanería no le viene de su afición a las novelas, sino de su casta nobiliaria. Por lo cual nos resulta ajena y, desde luego, mucho menos perniciosa que la del autor del que voy a hablar hoy.
     Xavier de Maistre (1763-1852), saboyano de nacimiento y ruso de adopción, fue militar, pintor y novelista, y debe su fama literaria al "Viaje alrededor de mi habitación", que escribió durante un arresto domiciliario a consecuencia de un duelo. Se trata de una apología peligrosísima del enclaustramiento que, si no fuera porque hoy casi nadie lee, debería estar prohibida. A diferencia de la de Oblómov, que ya ve el lector que le va a abocar a la ruina y a una soledad triste, la holgazanería del protagonista del "Viaje..." deviene en una felicidad paranoide y un punto esquizofrénica. Además, no contento de convencerse de que su reclusión es un chollo, el hombre pretende no solo que el lector se lo crea, sino que lo imite -sin tener necesariamente para ello que pasar por el trámite engorroso de meterle un balazo a fulano de tal en un duelo-. Dice: "Estoy seguro de que cualquier hombre sensato adoptará mi sistema, cualesquieran que sea su carácter y su temperamento [...]; en la inmensa famila de los hombres que hormiguean por la superficie de la Tierra, no existe ni uno (me refiero a los que viven en habitaciones) que pueda, tras leer este libro, rechazar la nueva manera de viajar que introduzco en el mundo. [... ] ¡Qué todos los desgraciados, los enfermos y los hastiados del universo me sigan! ¡Que todos los perezosos se levanten en masa!" (cito de la traducción de Puerto Anadón en la extraordinaria edición de Funambulista)
    
Diríase que uno lee esto y lo que le nace es calarse el salakof y aventurarse por el pasillo de su casa en dirección a la cocina, a ver si tiene suerte y puede emular una de las grandes aventuras vividas por de Maistre: aquélla en la que durante una intrépida preparación de tostadas logró quemarse la mano con la tenaza de sujetar el pan.
     A quien no haya leído el "Viaje..." tal vez le parezca un asunto menor, puede que hasta cómico, pero ahí está el meollo de la concepción dualista del hombre según de Maistre: "He notado, por diversas observaciones, que el hombre está compuesto por un alma y una bestia [...], la una tiene el poder legislativo y la otra el poder ejecutivo, pero esos dos poderes se contrarían a menudo. El gran arte de un hombre de genio es saber educar bien a su bestia para que pueda ir sola, mientras que el alma liberada de esa penosa relación, puede elevarse hasta el cielo". Teoría que resulta utilísima para explicar, por ejemplo, el incidente de la tostada: "mientras mi alma viajaba, he aquí que un tronco ardiendo rueda por el hogar: mi pobre bestia echó la mano a las tenazas, y yo me quemé los dedos". Es como se ve una dualidad que recuerda a la del Doctor Jekill y Mr Hyde, de Stevenson, pero lo que allí es muerte y sexo, aquí café con leche y tostadas.
     Aún otra circunstancia convierte en extraordinario ese episodio (y de paso me mata de envidia): que durante los cuarenta y dos días que dura el viaje es quizás el único acto que se relaciona con la necesidad y el trabajo. Es decir, mucha alma y poca bestia. Apenas se sienta hoy uno en cualquier rincón a escribir cuatro líneas, cuando ya le asaltan las urgencias: hay que sacar al perro, se ha acabado el detergente para la lavadora, no hay nada para cenar en la nevera, la bombilla del pasillo está fundida... Pues nada de eso asoma por allí. ¡Cuánto costará a algún buen lector encontrar antes del realismo alguna frase del estilo "me voy a trabajar, que llego tarde"! La única referencia de este estilo que aparece en esta obra de de Maistre es ofensiva. Estaba reposando de no se sabe qué el viajero en su butaca, cuando un mendigo llama a la puerta para pedir limosna, la perrita empieza a ladrar, aquél se sobresalta, cae de la butaca, hace acopio de fuerzas, se levanta e increpa así al mendigo: "¡Vago! ¡Id a trabajar! (apóstrofe execrable, inventado por la cruel riqueza)".
     En el artículo sobre Goncharov ya leímos que la extraordinaria pereza tenía contrapartida: "Oblómov" y "El mal del ímpetu". En de Maistre ocurre igual, "El viaje alrededor de mi cuarto" y "La joven siberiana". El enclaustramiento por un lado y Siberia por otro.  

    

sábado, 30 de septiembre de 2017

"Ánima": Wajdi Mouawad en el laberinto

De "ánima" a "animal" solo hay una ele, la letra que representa el esquema del laberinto, un espacio tortuoso, entre lo geográfico y lo simbólico,  por el que el lector de la novela de Wajdi Mouawad sigue a Wahhch Debch, un perdedor sin gloria de la estirpe de esos inocentes de Patricia Highsmith que buscando el bien o, al menos, lo conveniente se adentran cada vez más en la tragedia. Como  en su obra de teatro "Incendios" ese laberinto trágico conduce a la revelación identitaria al modo de Edipo, y como en aquella el lector se ve sacudido con una fuerza inaudita, al punto de que su lectura es también un ejercicio físico: estómago encogido, sudores, taquicardia...  ¿Pero qué bestia se esconde dentro de ese hombre? -se pregunta una Tegenaria doméstica, la araña narradora de uno de los capítulos; y un poco más abajo sentencia: "Nadie para ver lo que había que ver", que es precisamente lo que justifica la pluralidad zoológica de los narradores de la novela: una gaviota, un zorro, un perro, un caballo, una mofeta, una hormiga, un cerdo, una mariposa... Son a veces animales de testimonio objetivo, describientes, captadores de conversaciones; a veces impresionables, reflexivos, opinantes, incluso poéticos: "Somos el polvo antiguo de la inocencia olvidada" dice una Lampyris noctiluca (luciérnaga) antes de vaticinar una profecía relativa a ese protagonista, Wahhch Debbch, objeto del asombro de los animales del mismo modo que podría serlo el diluvio en el relato de los pasajeros del arca de Noé.
     Es un laberinto extraño el que propone Wajdi Mouawad. Extraño y peligroso. Por un lado uno se ve a las primeras de cambio en una novela negra, tras las huellas de un asesino psicópata; al poco se sorprende por esa pluralidad narrativa animal, que acepta como una mera originalidad, quizás con desdén, pues ve en ella diferentes disfraces para el mismo narrador. Pero avanza la lectura por carreteras y moteles, las páginas se llenan de pistas macabras, uno no sabe ya si se trata de una búsqueda o de una huida, y entonces descubre que está quizás en una antifábula: la manera en que en ella se relacionan los papeles del hombre y del animal forman parte de la experiencia lectora, de modo que dejo ahí la palabra y que cada cual descubra su alcance. Mi propósito aquí no es guiar a nadie en el laberinto, sino invitarlo a entrar.
     He tardado más de un mes y medio después de su lectura en ponerme a escribir sobre ella. El desconcierto emocionado que me produjo me impulsaba más a hablar del entusiasmo que a buscar sus causas. Hoy puedo ver el armazón de novela negra, sencillo y eficaz como el de un best-seller, por debajo de una tragedia griega que es también canadiense, libanesa y, por desgracia, dolorosamente próxima. Entiendo que el dilema de Wahhch es el mismo que el de la madre en "Incendios", y que la búsqueda de los dos hermanos en esa obra es la misma que la de aquel en esta. Hoy veo en los tres el desdoblamiento del propio autor, Wajdi Mouawad, y comprendo que su herida no nos es ajena ni en el dolor ni en su causa. Y esta comprensión me perturba.



     
     De alguna manera los libros que leímos dialogan con los que leemos. A veces son evidentes las relaciones, como me ocurre con algunos momentos de esta "Ánima" respecto a "La llamada de lo salvaje", de Jack London. Otras es más sutil, y quizás más profunda, pero se resiste a la explicación, tal vez porque la causa no esté en el texto tanto como en el lector; y esto es lo que me pasa con "El corazón es un cazador solitario", de Carson McCullers, cuyo protagonista sordomudo, John Singer, comparte mesa y bebida con Wahhch en mi biblioteca imaginaria.
     Singer no dice nada. Son los demás los que le hacen decir lo que quieren y necesitan oír. Y Wahhch...    
     "Todas las almas necesitan un barquero, un Caronte a bordo de su lancha, para alcanzar las ardientes orillas del infierno, tú eres mi barquero con tu camioneta, pequeña hada, y sí, huyendo de Virgil, y abandonando mañana Ulysses, deberemos dejar aquí, ya lo dijo el poeta, toda esperanza." Esas son sus palabras a una adolescente que le ayuda a seguir su camino, escapando ella misma de la prostitución y la violencia. Volvemos al laberinto, desde Quebec a Arizona, de las reservas de los mohawk a los campos de Sabra y Chatila, de los testimonios de denuncia a los documentales de resistencia, de la literatura clásica a lo más profundo de esta "Ánima".   
 
           
"Ánima", de Wajdi Mouawad.
Editorial Destino. Barcelona, 2014
Traducción de Pablo Martín Sánchez