domingo, 20 de octubre de 2019

La sombra de los monstruos: Emil Ferris y Michel Tournier

"Lo que más me gustan son los monstruos", de Emil Ferris.


Chicago, años 60. Karen es una niña que se imagina a sí misma afectada de una licantropía sin horarios ni restricciones lunares. Es una monstruosidad voluntaria y orgullosa, elegida como afirmación defensiva y antídoto contra una masa hostil caracterizada por su aburrimiento, su maldad y su falta de imaginación; una masa acechante compuesta por las monjas docentes de su colegio, por sus compañeros de clase, por sus padres, por vecinos del barrio y por los adultos en general.

Toda esta magnífica novela gráfica se mueve entre esos dos polos. Por un lado está lo monstruoso, es decir, lo que se muestra como excepción deformada, representado por Karen, la narradora principal de la historia. Y por otro, lo misterioso, es decir, lo que se oculta. Me acuerdo aquí del inicio de El Rey de los Alisos, de Michel Tournier:  


"3 de enero de 1938. Eres un ogro, me decía a veces Rachel. ¿Un ogro? Es decir, ¿un monstruo fantástico, surgido de la noche de los tiempos? Sí, creo en mi naturaleza fantástica; quiero decir, en esta secreta complicidad que mezcla profundamente mi aventura personal con el curso de las cosas, y le permite inclinarlo a su favor […]

En cuanto a la monstruosidad... Para empezar, ¿qué es un monstruo? Ya la etimología nos reserva una sorpresa un tanto pavorosa: monstruo viene de mostrar. Un monstruo es lo que se muestra con el dedo, en las ferias, etcétera. Y, por lo tanto, cuanto más monstruoso es un ser más hay que mostrarlo. Esto me pone los pelos de punta, puesto que yo solo puedo vivir en la oscuridad y estoy convencido de que la multitud de mis semejantes solo me deja vivir gracias a un malentendido, porque me ignora. Para no ser un monstruo, uno tiene que asemejarse a sus congéneres, ser conforme a la especie o estar hecho a imagen de sus padres. O bien tener una progenie que lo convierta en el primer eslabón de una nueva especie. Pues los monstruos no se reproducen". 

No sé si Emil Ferris leyó este texto antes de escribir el suyo, pero me da que sí, porque ahí está en tono mayor la misma perspectiva de Karen Reyes, la niña licántropo, en su diario, que es la misma forma discursiva del narrador ogro de "El Rey de los Alisos". Y quizás también esa convergencia entre "Reyes" y "Rey" sea más un guiño que una mera casualidad. De hecho, son este tipo de indicios los que ayudan a Karen, disfrazada de detective con la gabardina y el sombrero de su hermano,  a investigar en los dos misterios que envuelven su vida: el de su propia identidad y el del fallecimiento de una vecina. Es una dualidad entre lo íntimo y lo ajeno, entre lo cotidiano y lo histórico, entre la inocencia y la maldad, que nos conduce -otra vez igual que en la novela de Tournier- al fondo de la cueva: a la Alemania nazi.
El recurso narrativo que elige Ferris para ese desplazamiento cronológico es el del relato dentro del relato en forma de un testimonio grabado en cintas de radio-casete. Karen sospecha de que la muerte de su vecina de arriba, la señora Anka Silverberg, no ha sido un suicidio, y movida por lazos de afecto hacia una mujer de la que desconoce todo su pasado empieza a acumular indicios que la llevan a abrir una especie de juego de las pistas en busca de un asesino. Y ahí lo que podría haber sido otra más o menos habilidosa composición del puzle de un crimen se convierte en una historia turbia, retorcida y apasionante gracias, sobre todo, a su peculiar dibujo y a una facultad extraordinaria de percepción de la protagonista a la que ella misma alude en las primeras páginas:

"Debería mencionar que eso de ver y oler cosas me pasa a menudo y me he acostumbrado a prestarle atención. Percibo que en el cuadro hay algo más que tengo que ver. Algo que he olvidado... Una pista."

Es como un superpoder, un atributo monstruoso que le permite asociar estímulos olfativos, cromáticos o más amplia y difusamente visuales con sentimientos, personas y sucesos para descubrir un tejido oculto que explica su mundo.
En sus visitas al Museo de Arte es donde alcanza sus momentos más felices esa cualidad, estableciendo un diálogo extraño con los personajes de sus cuadros, como si fueran seres vivos atrapados y custodios de secretos que ella se complace en desvelar. Así ocurre en "San Jorge matando al dragón", de Bernat Martorell, en "La tentación de la Magdalena", de Jacob Jordaens, o en "La pesadilla", de Henry Fuseli:



  "Todo es signo. Pero son necesarios una luz o un grito penetrantes para vencer nuestra miopía o nuestra sordera" escribe Abel Tiffauges, el ogro de la novela de Tournier, mientras aferra su pluma con la mano izquierda y vence el blanco de un cuaderno que titula "Escritos siniestros". Juzguen esto si quieren como signo, indicio o coincidencia, pero hay también una gracia siniestra en el dibujo de Emil Ferris que tal vez proceda de que, al igual que el ogro, sufrió un accidente que la obligó a aprender a dibujar con la mano izquierda. Son más de 400 páginas en las que convergen miedos, deseos, sexo, culpa, amor, violencia racial, el arte de grandes maestros de la pintura y las portadas de revistas populares de terror, el retrato cuidado de los personajes y el esbozo atolondrado, las páginas configuradas con viñetas y los dibujos que ocupan toda una página. Hay, pues, una cierta monstruosidad deliberada en el abigarramiento del material narrativo que va en la misma línea que la licantropía escogida por la protagonista: un deseo manifiesto de afirmación creativa que, culminado, ha supuesto para ella una obra de redención inesperada.
  

En cuanto al estilo, la complejidad de recursos gráficos obligaría a referirnos a ello en plural, pues hay un tantos estilos como situaciones narrativas. Hay un estilo para las pesadillas de Karen, otro para las escenas compartidas por ella y su madre; otro para los primeros planos de página completa y para los retratos de la madre; otro para las escenas eróticas protagonizadas por su hermano; otro para las escenas callejeras de Berlín (con homenaje incluido a Grosz); otro para la representación de los cuadros del museo; otro para las fachadas de los edificios -con preferencia clara para las angulaciones en contrapicado-; y así sucesivamente. Pero hay también en todo ello una voluntad que los ata y que va más allá del tema o los temas que los unen. Es aquella percepción deformada de la protagonista, responsable de un complejo entramado de relaciones entre las cosas y las emociones, la que permite a su creadora llenar sus páginas de indicios -a menudo sinestésicos- para ayudarnos, como dice el ogro, a vencer nuestra miopía. Son los gatos, los pétalos de rosa, las miradas de los personajes, los ojos sin personajes, el color rojo, la luna, las calaveras, los conejos, las estrellas, el color amarillo y el azul del bolígrafo con el que está dibujado casi todo el álbum. 

...............
"Lo que más me gustan son los monstruos", de Emil Ferris. Editorial Reservoir Books. Barcelona 2018
"El Rey de los Alisos", de Michel Tournier. Editorial Alfaguara (2006).

sábado, 13 de julio de 2019

La subida a "El obispo leproso"

Acabo de leer "El obispo leproso", de Gabriel Miró, como quien asciende un ocho mil, y por eso lo cuento: yo soy aquel que leyó esa novela, y aquí estoy, delante de trescientas páginas de argumento esquivo y difuso, ambientada a finales del XIX en Oleza (Orihuela), un pueblo agrícola, católico y sentimental que se descompone como la piel y la carne de su obispo, entre bochornos de verano, vahos de cera  y olores de sotana sudada. A veces hay un recreo de jardín cerrado, un huerto ameno en el claustro de un viejo palacete; y mujeres tristes, al otro lado de los cristales, contemplan una palmera, malvarrosas y azaleas, hasta que el revoloteo de tórtolas o gorriones se lleva sus ensoñaciones a otra parte, lejos, en una fuga necesaria que no llega a producirse. Desprenden estas páginas aromas de bergamota, de mermelada casera en alacenas bajo llave y de lencería encerrada en el ropero con saquitos de lavanda; y, todo junto, el olor de la cera, el de las sotanas, el de las flores... se arrebuja en los párrafos, en un ambiente irrespirable. El lector pasa la página como si abriera una ventana, con la esperanza de que se airee, pero todo se engolfa, avanza la corrupción de la piel y aparece un tufo de reliquias y formol.  
Ya desde el principio de la novela se aprecia una oposición entre el espacio de la religión -sólido, jerárquico y con recovecos oscuros- y el de la naturaleza, distante, insinuado y sometido. Me viene al recuerdo "A.M.D.G.", de Ramón Pérez de Ayala, por lo que tienen ambas de novela de formación y de crítica a los jesuitas, si bien en esta todo es explícito y contundente, con el vigor militante de las novelas anticlericales del XIX, mientras que en la de Miró transcurre más despacio, en un segundo plano, con la naturalidad de la costumbre. Es el suyo un anticlericalismo esteticista que recuerda al de Valle-Inclán en las sonatas, pero de una fuerza callada, inexorable, que empuja a sus víctimas -a los escolares, pero aún más a las mujeres- al aburrimiento y a la tristeza.

En los ruedos de mecedoras y en torno de las mesas de billar se celebraba cada noticia de las jácaras y libertades de los bárbaros. El síndico Cortina elevó los brazos y se torció desperezándose. Como él era todo Oleza: un bostezo. El anterior obispo, andaluz y jinete, debió morir de murria. No había más pasatiempos que los aprobados por la comunidad de "Jesús" y por la comunidad del penitenciario. Procesiones de Semana Santa; juntas de las cofradías; coloquios de señoras con señoras, de hombres con hombres; tertulias de archivos; comedias de Navidad en el "De profundis" de "Jesús". Allí, el público, de familias de alumnos, había de sentarse con separación de sexos, como en las primitivas basílicas, y bajo la vigilancia de un Hermano, que se deslizaba por el pasillo central como el inspector de una brigada extraordinaria. Entre los socios del Casino había antiguos colegiales que representaron "El martirio de San Hermenegildo" y "La vida es sueño", con loas al colegio y sin "papeles de mujer". 
 ("El obispo leproso". Edit. Cátedra. Edición de Manuel Ruiz-Funes, pág. 197 y 198) 

Todo en Oleza invita a cerrar el libro y a echar a correr. Pero uno se queda en ese mundo aborrecible, suburbio del círculo quinto del infierno, porque, igual que ante las escenas de Dante, sobre lo desgraciado del tema se impone lo sublime de su relato. Es una sensación evidente la que experimenta el lector de estar lidiando con una obra mayor de la literatura. Concurren ahí algunas de las presencias más señaladas de la novela del XIX: descripciones realistas, los conflictos de Orbajosa, introspección psicológica, arrastrar de sotanas, chocolate de Soconusco, destellos acharolados de botas carlistas y el tren, que llega a Oleza como una amenaza de modernidad. En su prosa abigarrada y detallista, de continuas descripciones y enumeraciones los objetos intercambian sus cualidades con las de los personajes en un trasiego poético que alcanza a menudo la brillantez estética de los versos de Rubén Darío:

María Fulgencia estaba más descolorida, y sus cabellos negros, más frondosos, la dejaban en una umbría de ahogo apasionado, una umbría de mármol con hiedra, en el olvido de un huerto.
(página 167)

Hay una concepción musical en la prosa de Gabriel Miró: el ritmo del fraseo, la disposición de los tonemas, el juego de contrastes con el timbre de las vocales, las cadencias repetitivas, a veces lentas como letanías susurradas por una beata en el banco de una iglesia; a veces alegres como estribillos de canciones infantiles escuchadas en la calle. Con frecuencia son los adjetivos los que marcan el contraste, reforzados semánticamente por una relación de sinestesia respecto al sustantivo. Y de fondo, durante toda la novela, el rumor de las aguas del Segral y el tañido de las campanas de Oleza: la fuerza instintiva de lo natural y el orden y compás de la religión.
El mérito de esa prosa se ha convertido en un tópico que, a mi entender, dificulta el reconocimiento de otro mérito literario mayor: su personal tratamiento del tiempo en la novela, que por hondura y originalidad merecería situar esta obra en la misma balda de la Historia de la Literatura donde alardean de estudios y reconocimiento "La montaña mágica" y "En busca del tiempo perdido". Pero las mallas del canon de nuestra literatura son muy anchas y muy viejas, y estos gozos que propone Miró requieren demasiado esfuerzo para vencer prejuicios e ignorancia.

domingo, 30 de diciembre de 2018

"Ordesa", de Manuel Vilas: el desguace del "yo"

En mi familia nunca se narró con precisión lo que estaba ocurriendo. De ahí viene la dificultad que yo tengo para verbalizar las cosas que me pasan.
(página 22)  


Me dijeron que lo leyera, que era diferente y que me gustaría, que yo sabría degustar esa literatura íntima, retorcida, antiheroica, a veces amarga, otras disparatada, de la novela -por decir algo- de Manuel Vilas. Me dijeron que venciera las primeras páginas, que igual me parecían disuasorias, no por el tema -la ausencia insuperable del padre-, sino por el tono sentencioso de su narrador. Pensé que quizás era una broma, o dos bromas: la del autor y la de quienes me lo recomendaban, y que aquellas expresiones dudosas con empaque de aforismos filosóficos formaban parte del alicatado humorístico del texto. Tocaba sonreír con esa complicidad de quien intuye lo que no es evidente. Así que sonreí, y me dije "vaya, esto va a ser como una excursión a Ordesa organizada por un colega", y allá que me voy, a seguir a Vilas en su deriva. Y al poco de partir encuentro un rinconcito a la vuelta de la página 37 que despierta mi interés. Resulta que invitan al narrador, que se supone que es el mismo Manuel Vilas, a una recepción en el Palacio Real de Madrid, y, visto lo leído, uno piensa que la va a montar, que como poco va a pisar el vestido de cola de Letizia o que le va a vomitar encima de su zeta de bisutería el sanjacobo con cerveza de la víspera. Pero no, se porta bien, no hace nada, no dice nada:
No ha sabido decir ni buenas tardes ni buenas noches ni buenos días ni hola qué tal cómo está usted a ninguno de los dos reyes. Es normal su mudez: procede de la noche avarienta de pan y carne del campesinado ibérico, de la noche de los locos y de los retrasados mentales, y en su genética solo hay terror y angustia y error. 

Si el ejemplar que he leído no fuera prestado habría subrayado el párrafo entero con rotulador fosforescente, porque ahí está toda la novela: la exhibición del yo, el alarde en el fracaso, la herencia como argumento y como coartada, España como lastre y melancolía; todo ello envuelto en una prosa esquizoide que fluye a trompicones entre imágenes deslumbrantes, alardes de ramplonería escolar, metáforas fantasmales, metonimias insospechadas y sinestesias del color del tabaco rancio y olor a Veterano. A todo esto junto se le suele llamar "estilo", y Vilas tiene mucho y gordo, desde luego. En las listas de los mejores libros del año figura en los primeros puestos, así que no tardará en cosechar premios. Yo se los daría todos, pero ni siquiera creo que ese reconocimiento alegrara a alguien como el protagonista de "Ordesa", ese profesor de literatura jubilado antes de tiempo, divorciado, padre de dos hijos que pasan de él, hijo de un padre santificado y lejano como un dios, y de una madre "Antiquísima bruja que meditaba por las noches la conservación del hijo, que conspiraba contra la oxidación, la entropía, el desgaste de la carne de su hijo, y que corrompía el espíritu de su hijo bajo la dulce luz del matriarcado, anterior a Grecia", etcétera, pobrecito mío, oiga. Pues sí, yo a alguien así le doy todos los premios, y una beca vitalicia del montepío de escritores. Miren:

 Aparte de que a Vilas le debe de apasionar Fenimore Cooper, habrá tenido que rebuscar a fondo en su móvil para encontrar una foto en la que salga tan perjudicado. Yo veo a este tío por la calle y le invito a tomar algo calentito; y si encima sé que es un disidente de mi gremio, con heridas profesionales por los morfemas derivativos, la modalización epistémica o la Generación del 98, entonces le llamo hermano y le abrazo. Pero, cuidado, amigos: ese Yo que aparece en el primer párrafo de "Ordesa" después de un buen tatatachán no es Manuel Vilas, sino su criatura. Esto parece una obviedad, pero conviene remarcar esa diferencia, porque mientras que el relato autobiográfico parte de la experiencia del "yo", en el ficcional biográfico ocurre lo contrario: que ese "yo" se convierte en la experiencia literaria . En algún momento de mi lectura pensé que se trataba de una especie de psicodrama encargado a Vilas por su terapeuta, pero a medida que avanzaba su narrador y protagonista se evidenciaba cada vez más novelesco por su falta de amor propio y por su propensión a ofrecerse como objeto y espectáculo de su sarcasmo. Por ahí asomaban las figuras de Leopoldo María Panero y de Charles Bukowski, pero los modelos narrativos no eran la poesía ni el relato, ni siquiera la novela de formación sentimental o la "Bildungsroman" ("novela de formación"), porque ahí -en "Ordesa"- no hay propiamente formación del "yo", sino su derrumbe y desguace. Una lírica de la derrota envuelve la novela (por decir algo) convirtiéndola en un inmenso vertedero sentimental que permite al lector la alegría del descubrimiento estético, que es también, a veces, la tristeza empática del descubrimiento del dolor. Así, en medio del caos y de la ganga, uno encuentra una expresión  feliz del desamparo, una imagen insólita de la melancolía, un aforismo que le invita a quedarse a cenar con un amigo.

Mi corazón parece un árbol negro lleno de pájaros amarillos que chillan y taladran mi carne como un martirio    (página 252)
El matrimonio es una empresa social de auxilios mutuos. (pág. 259)    

Pero junto a ello hay que sufrir un exceso verbal premeditado y alevoso que página a página mece al lector en un bucle de locura, como si Vilas quisiera llevarnos al territorio del que él mismo pretendiera escapar.

Se fue desvaneciendo, se desvanecía su vida y su conversación se desvanecía, era ya silencio. Puede un hombre convertirse en silencio. Mi padre, que es silencio ahora, ya fue silencio antes; como si supiera que iba a ser silencio, decidió ser silencio antes de la llegada del silencio, dando así una lección al silencio, de la que el silencio salió tocado de música.     (pág. 154)   

En lo que a mí concierne he de admitir que ha sido esa locura más que el deslumbramiento estético y que la empatía lo que ha determinado mi transitar esquivo por las páginas profundas de "Ordesa". Alguien se acercará despacio y me preguntará por encima de mi hombro si me ha gustado, pero no se trata de eso. La cuestión es que hace muchos años que no había leído nada tan peligroso.

viernes, 17 de agosto de 2018

Berlín para principiantes

1. El peso de las columnas

 El viajero que llega a Berlín debe estar prevenido de que el diseño de la ciudad responde en gran medida a un complejo y a un deseo orientados ambos a dejar al ciudadano acojonado y con la boca abierta. Es una fisonomía que en su estampa turística más reconocible resulta  desmedida, ciclópea, imperial, de sello neoclásico, llena de ínfulas arquitectónicas, debidas, sobre todo, a Federico el Grande. Digo "complejo" por una comparación con Viena, que, como ciudad imperial, le sacaba una ventaja hiriente en todo; y digo "deseo" como voluntad, desde el siglo XVIII,  de expresar en edificios, plazas y avenidas la grandeza primero  del rey primero y del káiser después. O, lo que venía a ser lo mismo, la grandeza de Prusia primero, y la grandeza del imperio alemán, después. Y, como se sabe, aquella fue una grandeza muy seria. En consecuencia, uno se pasea por Unter den Linden, la gran avenida berlinesa y su eje de abcisas, como quien dice, y se siente sobrecogido por dos sentimientos de naturaleza contradictoria: el impulso de invadir Checoslovaquia o cualquier otro vecino que se ponga a tiro, y el convencimiento de que si uno no fuera tan poca cosa y encima extranjero le detenían seguro. Descartado lo primero por falta de ganas y munición, sigues andando, vas cogiendo confianza y  hasta dejas de marcar el paso de la oca y caminas incluso despacio, con ese punto de satisfacción infantil que dan las cosas prohibidas o clandestinas, porque por mucha gente que veas andando o en bici a tu alrededor, esa es una avenida hecha para desfiles militares victoriosos, y si es en tanque, mejor. Y tú, con zapatillas de loneta y bermudas, que agotaste las prórrogas al servicio militar y luego te hiciste objetor, de marcial solo tienes el recuerdo de la prosa de César en la "Guerra de las Galias". Conque allí vas, feliz, casi, y perplejo, mucho, como un liliputiense, preguntándote por la escala de aquellos que construyeron aquellas columnas, frisos y cúpulas: la catedral, la fachada del Altes Museum, el Museo de Historia de Alemania, la Universidad von Humboldt, la Bebelplatz..., una arquitectura mayestática levantada para súbditos. Quizás por eso los berlineses,reivindicando su condición de ciudadanos y huyendo de esa monumentalidad grandilocuente, han creado espacios amables, sencillos y libres en los patios de vecinos, y los han llenado de cafeterías y terrazas: es el revés de aquella estampa imperial y, seguramente, una imagen mucho más justa de la ciudad como estado de ánimo. 

2. La historia por los suelos

  Más pronto que tarde sorprenden al viajero unas placas de metal que recuerdan en el suelo a víctimas y testimonios de la barbarie nazi. Apenas inicias tu paseo por Unter den Linden, viniendo desde Alexander Platz, tu atención, golpeada por la inmensidad de la cúpula de la catedral protestante y por las imponentes fachadas de aquellos edificios, cuando a la izquierda, el contraste de un enorme espacio vacío entre los suntuosos edificios de la ópera, de la catedral de Santa Eduvigis y de la antigua biblioteca real te absorbe como un embudo. Entonces te ves en la necesidad de pagar el peaje de tu condición de turista con unas cuantas fotografías, pero te falta perspectiva para sacar en el mismo plano la fachada completa de cualquiera de las dos moles. Hasta la plaza se te resiste. Solo alcanzas a sacar vistas que por su naturaleza fragmentaria resultan insatisfactorias, porque lo único que importa allí es el volumen. Más culto no podría ser el emplazamiento, entre una ópera y una antigua biblioteca (ahora universidad), pero desde allí dentro el vértigo del espacio hace sentirse a uno como ante un paredón. Aquellos mármoles, amigos, no le inspiran a uno estudio, sino obediencia. Entretanto, y sin que tu voluntad haya tenido algo que ver en ello, tus pasos te han llevado al centro de la plaza, donde descubres a tus pies aquellas palabras proféticas de Heine sobre la quema de libros y de las personas. Allí mismo, el 10 de mayo de 1933 los nazis levantaron una pira con la literatura, la filosofía y la ciencia.


En las aceras de otras calles, en otros barrios, no lejos de allí, algunos adoquines de bronce encastrados en las piedras son partes del camino que recuerdan la identidad de muchos judíos asesinados. Es una reivindicación del nombre frente al número. Esos adoquines dorados son como hitos en el suelo del bosque urbano; la luz del sol se refleja en ellos y devuelve destellos de memoria: "Aquí vivió Jakob Honig, nacido en 1881. Víctima de la Polenaktion de 1938. Destino desconocido" en una acera de la Rosenthaler Strasse.  "Aquí vivió David Guter, nacido en1871. Deportado el 2 de febrero de 1943. Asesinado en Theresienstadt el 11 de abril de 1943". "Aquí vivió Friedrich Hirsch, nacido en 1915. Fue deportado en 1942 a Auschwitz, donde fue asesinado el 22 de diciembre de 1942". Y junto a este recordatorio, el de su madre y su hermano, los tres en la Gips Strasse número 9. Entonces levantas la cabeza y ves la fachada de esos edificios y piensas que alguna de esas ventanas era la de la habitación de esas personas.
   


Es un gesto motivado por una curiosidad imprecisa, cuyo resultado trasciende el conocimiento visual de esa fachada, porque de pronto esos nombres encerrados en las placas de metal se levantan como gorriones hacia las cornisas de los balcones o a los alféizares de ventanas donde una vez  aquellas personas se asomaron felices; y al hacerlo reclaman en mi imaginación y en mi memoria aquel instante de su vida. Karla Rosenthal, Gisela Niegho y la familia Schwarz en la Neue Schonhauser Strasse; la familia Salinger en la Rosenthaler Strasse; la familia Marcuse, en la Gips Strasse; Jakob y Felli Bergoffen, en la Sophien Strasse; la familia Kramer, en la August Strasse 27... Y tantos otros, especialmente en esas calles del Mitte, cerca de la Sinagoga Nueva, un edificio de mediados del siglo XIX  de imprecisas influencias orientales (y parte de esa imprecisión estriba en que su orientalidad está inspirada en gran medida en la Alhambra de Granada). En su tiempo fue la mayor y más lujosa sinagoga de Alemania, pero víctima de asaltos y de un incendio perpetrados por los nazis la "noche de los cristales rotos", de las bombas de los aliados en la guerra y de la política urbanística de la RDA, hoy apenas es un vestigio cuya restauración parcial armoniza la ruina con la memoria. Queda su cúpula dorada. En la guerra los nazis obligaron a ocultar su brillo con una gruesa capa de pintura negra dentro de las medidas generales de oscurecimiento y ocultación en previsión de ataques de la aviación enemiga. Pero en el cielo de Berlín su brillo es hoy una referencia, como lo es el brillo de las placas en sus calles.  

3. Cicatrices de hormigón


Un poco más hacia el norte, saliendo ya de la parte más turística del mapa, Berlín descubre otra fisonomía más de barrio, sin prosopopeya arquitectónica alguna. Hay bares, cafeterías, restaurantes baratos de comida turca o vietnamita, comercios, academias de idiomas, tiendas de alquiler de bicicletas, terrazas, galerías de arte, librerías, supermercados, gente tumbada a la bartola en los jardines... Pero sigues un poco más y parece que esa vida se va apagando. Los edificios son más uniformes, las calles más tranquilas, hay menos tráfico. Se diría que uno ha cruzado una frontera borrosa en la ciudad, y sin transición pasas del bullicio a un silencio de domingo por la tarde. Caminas un poco más y llegas a una ancha avenida, la Bernauer Strasse, donde te asalta esa vaga sensación de las cosas que terminan. Allí la metáfora del telón de acero se convertía en un muro de hormigón armado. Su trazado era el de esa misma calle. Una placa metálica en el suelo lo recuerda; luego una serie de listones metálicos clavados en la acera, y un poco más allá, hacia el oeste, el mismo muro, una torre de vigilancia, un jardincillo, que antes fue cementerio y luego, desafectado y convertido en lo que las autoridades de la RDA llamaron "franja de intervención" o "franja de control": la zona anexa al muro donde la presencia de cualquier persona no autorizada podía implicar su muerte a manos de los vigilantes.    

Hay otras partes de la ciudad donde se conservan paños del muro: en la Niederkichnerstrasse, frente a lo que hoy es la exposición de la Topografía del Terror, situada sobre el solar donde se levantaba el siniestro edificio del cuartel general de la Gestapo. Y el más conocido, el de la Mühlenstrasse, junto al río Spree, hacia el este, cerca del puente Oberbraum. Son 1.3 kilómetros de muro convertidos en galería de arte (bastaría comparar las imágenes de un lado con el gris sucio del otro para que uno decidiera de qué lado del muro le hubiera gustado vivir). Ahí brilla el cuadro de Dimitri Vrubel, "El beso de la muerte", recuerdo satírico de aquel famoso morreo entre Breznev y Honecker de 1979, que concita la peregrinación de los turistas en busca de la foto. 
La consecuencia de la conversión de la metáfora del telón en piedra es que uno puede hacerse una foto junto a ella y, por muy poco dinero, puede llevarse unos gramos de historia a casa. En todas las tiendas de recuerdos venden postales de imágenes del muro con una capsulita de plástico que contiene una porción ínfima de cascote original. En algunas incluso los venden a peso, a tanto el gramo, y hay cascotes que llegan a valer 20.000 euros.
Pero a pesar del esplendor icónico de muchas de las imágenes que adornan el muro en Mühlenstrasse, el tramo de la Bernauer Strasse refleja mucho mejor la herida que supuso la separación de la ciudad. Junto al jardín, siguiendo ahora hacia el este, se mantiene el espacio trágico de la "franja de control", pero no a costa del cementerio y de la iglesia, sino de fincas de vecinos que fueron derrocadas para ganar esa tierra de nadie donde se disparaba al fugitivo. De nuevo la historia sale al paso del viajero: unas placas redondas que indican lacónicamente el lugar y fecha por donde huyó tal persona, tal familia o marcan el trazado de un túnel. Pero si el viajero levanta la vista, ya no se encuentra ventanas. Aquellas que daban al muro fueron cubiertas con alambre de espinos, luego fueron cegadas con ladrillos, y finalmente fueron derruidos los edificios que las albergaban. En consecuencia, la vista alcanza a los otros edificios, cuyas paredes medianeras quedaron al descubierto, pintadas ahora con imágenes que homenajean a los primeros berlineses que huyeron.     




 4. El cielo sobre Berlín
Si un ángel triste quisiera jubilarse de la eternidad y bajar a vivir como hombre en las calles de Berlín, tendría muchas alturas desde donde hacerlo. La más ostentosa sería la Torre de Comunicaciones, que con sus 368 metros no es solo el edificio más alto de la ciudad, sino uno de los más feos. Además tendría el inconveniente de que no podría pasar inadvertido, porque siempre hay gente a cualquier hora por la Alexander Platz. Luego estarían los rascacielos de la Postdamer Platz, pero son demasiado modernos y teñirían de financiero una hazaña tan romántica. Una alternativa son las cúpulas, entre las que destacan la de la catedral protestante, la de la sinagoga nueva y la de cristal que hizo Foster para el Bundestag. Por emplazamiento me quedaría con la catedral, y por vistas, con la de Foster. En ella habita Sísifo en forma de limpiador de cristales, a turnos de ocho horas -espero-, con quien podría echarse un pitillo y su poco de charla sobre el tiempo. Y luego, una vez en tierra, se tiene el Tiergarten a mano, por donde siempre es apetecible pasear, y si aún no se dispone de alojamiento, oye, un banco al resguardo de un roble frondoso puede valer. Otra alternativa muy interesante es la antigua estación de rádar del ejército estadounidense en el Teufelsberg (la montaña del diablo), que despierta, además, connotaciones muy sustanciosas. Sin embargo, cuando en 1987 Wim Wenders tuvo que elegir emplazamiento para su ángel cesante en "El cielo sobre Berlín" se inclinó por la Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche (iglesia en recuerdo del emperador Guillermo), una especie de tarta nupcial construida a finales del siglo XIX en estilo neorrománico y de escaso valor arquitectónico cuya presencia como ruina es mucho mejor que el merengue original. De hecho los mismos vecinos, años antes de la guerra, ya abogaron por demolerla, pero entonces el recuerdo del Káiser aún pesaba algo en la política municipal. Queda ahora esa ruina, convertida en símbolo e icono (o, si se prefiere, en marca), por tanto ya mucho más valiosa por lo que representa -denuncia de la guerra, imagen de la ciudad- que por lo que es.       




5. Otros muros y otros cielos
Llego a Berlín en busca de un Berlín que ya no existe, en un ejercicio de documentación para una novela gráfica que escribo desde hace años. Ando por sus calles tras las huellas de un detective de la Kripo (la policía criminal) represaliado por un asunto relacionado con la arianización de bienes del pueblo (es decir, con el robo de posesiones de los judíos). Aquello fue en enero de 1940, un invierno durísimo que dejó en las calles pilas de nieve de más de un metro de altura. Ahora apenas ya nieva aquí. Llevo un par de mapas en mi mochila, uno actual, y otro del Berlín de la guerra en cuyo reverso hay otro del de la RDA. Me siento yo mismo como un detective o como un arqueólogo, solo que los estratos están todos al mismo nivel. Cumplo con la visita a los puntos de rigor marcados en el primero, busco unos y dejo que otros me encuentren. Recorro la Wilhelmstrasse, por ejemplo, la última gran avenida perpendicular hacia el sur de Unter den Linden y la mayor concentración de edificios oficiales durante la época del nazismo. Allí estaba el Palacio Presidencial, el Ministerio de Agricultura y Alimentación, el de Asuntos Exteriores, la cancillería del Reich, el Ministerio de Propaganda, la Cancillería de Hitler, el Ministerio de Aviación, el cuartel general de las SS... Y de todo aquello apenas queda nada. Uno se pasea por allí y parece un barrio nuevo de las afueras de cualquier ciudad. De hecho, la mayor parte de sus edificios están hechos con bloques prefabricados. Entre ellos llama la atención una enorme construcción de tipo administrativo, líneas rectas, corte sobrio y fachada de losas de mármol. Es el Ministerio Federal de Finanzas, que antes fue "la Casa de los Ministerios" en la RDA, y en los bajos de cuyo extremo oriental luce un mural cerámico que representa el paraíso comunista.

       
Y un detalle de tanta felicidad:


Ese fue uno de los pocos edificios que en esa zona de Berlín quedó indemne tras la guerra. Fue construido a instancias de Göring, y albergó el Ministerio de Aviación. Antes del mural de la arcadia socialista lucía este relieve marcial:





Con todo, la imagen más llamativa de la Wilhelmstrasse nos la ofrece otro relieve y otro perfil:  




Es el monumento en homenaje a Georg Elser, el autor del atentado que a punto estuvo de costarle la vida a Hitler en una cervecería de Múnich el 8 de noviembre de 1939. Su perfil se recorta en el cielo de Berlín, con el globo publicitario de Die Welt al fondo como testigo. Entonces sigo la dirección de su mirada y me encuentro con este edificio anodino:



Es uno de esos que digo, construido en los años de la RDA a base de bloques prefabricados. No hay en él nada ostentoso ni llamativo. De hecho casi todos los de la zona son así. Entonces, ¿por qué mira Elser hacia ahí? Precisamente porque en el solar que hoy ocupa se levantaba la Cancillería de Hitler, su residencia desde que empezó la guerra. Las bombas la dejaron arrasada; luego, durante años, quedó el espacio abandonado, hasta que finalmente se construyeron esas fincas. De alguna manera esto constituía un caso más de "damnatio memoriae" arquitectónico, es decir, un intento de borrar las huellas de un pasado incómodo y vergonzante. Pero la mirada de Elser, como aquellas placas de metal en las calles, devuelven la memoria como un acto de justicia poética.    





miércoles, 9 de mayo de 2018

El curare y 84 átomos de kriptón



      
"El ángel de la muerte", de Evelyn de Morgan
 Una noche de principios de febrero de 2009 nos reunimos un fontanero, un antropólogo, un profesor de instituto –servidor- y un ingeniero industrial, que ejercía de anfitrión y que fue quien nos convocó para escuchar la grabación de un programa de radio de la RCN colombiana en el que una persona relataba su experiencia post mortem en territorio de los indios ticuna, junto al río Coturé, en la amazonía colombiana.
       El redivivo era un ingeniero de una empresa petrolífera que durante una cacería había sufrido un accidente cuando uno de aquellos indios, acaso corto de vista o largo de chicha, confundiéndole con un perezoso le lanzó un dardo impregnado en curare. El hombre cayó como una pera del olmo al que se había encaramado y en vez de morirse como Dios manda entró en un estado de catalepsia del que se recuperó al cabo de dos meses. Extrañamente los ticuna no lo enterraron, sino que lo cubrieron con hojarasca, y allí, en la humedad de su lecho, ni los hongos, ni los insectos, ni las serpientes, los pájaros ni los jaguares se ocuparon de él. De haber sido haitiano, negro y pobre hubiera explicado el suyo como un caso de subcontrata temporal zombi a cuenta de algún hechicero vudú de la zona, pero como era colombiano, ingeniero, blanco y culto, el relato de su experiencia fue una serie de imágenes ya conocidas del tránsito al trasmundo y un tratado de escatología new age. Por aquella leve región de la conciencia de un cerebro a bajas revoluciones encerrado en un cuerpo casi muerto pululaban al final del túnel unos seres brillantes envueltos en túnicas blancas, los ángeles de la muerte, quienes en aquel momento impartían un cursillo de espiritualidad.
       Al escuchar aquello me sentí desfallecer y tuve que echar mano del orujo para recobrar el ánimo. Lo de que haya vida después de la muerte no me parece mal del todo; pero más cursillos..., eso es una crueldad innecesaria.
       En el currículum de aquel figuraban, entre otros, los siguientes temas: la constitución del alma, el “cordón de plata” (vínculo entre aquella y el cuerpo), la zona fantasmal, los chacras, la teletransportación, el juicio vivencial, la tercera, cuarta y quinta dimensión y, por último, la reencarnación.
       Dos meses dedicado por entero a esos asuntos, sin que uno no tenga que entretenerse en comer, beber ni otros menesteres afines dan para mucho, y no seré yo quien cuestione el aprovechamiento que de ello hizo el ingeniero. Es más, dado su ojo clínico y gracias a la enseñanza personalizada que se estila en el más allá, el hombre regresó con el conocimiento exacto de la composición del alma: 84 átomos de kriptón.
       No tengo apenas dudas acerca de la veracidad de esta historia, tan solo la ordenación cronológica de un hecho me inquieta: ¿el discurso espiritualista fue una consecuencia del dardo que le lanzó el indio o fue la causa? A mí me parece más lógico lo segundo, pero en ambos casos resulta evidente lo extraordinario del tóxico.
 
     En el año 1791 el jesuita padre José Gumilla publicó una edición corregida e ilustrada de su “Historia natural, civil y geográfica de las regiones situadas en las riberas del río Orinoco” –una copia de la cual tengo ahora sobre mi mesa-, en cuyo capítulo XII, bajo el epígrafe “Del mortal veneno llamado curare: raro modo de fabricarle y de su instantánea actividad”, leemos: “Entre el cieno corrupto, sobre el que descansan aquellas aguas pestíferas, nace y crece la raíz del curare, parto legítimo de todo aquel conjunto de inmundicias: sacan los indios caverres estas raíces, cuyo color es pardo, y después de lavadas y hechas pedazos, las machacan y ponen en ollas grandes, a fuego lento: buscan para esta faena la vieja más inútil del pueblo, y cuando esta cae muerta a violencia del vaho de las ollas, como regularmente acontece, luego substituyen otra del mismo calibre, en su lugar, sin que ellas repugnen este empleo, ni el vecindario, o la parentela lo lleve a mal; pues saben que este es el paradero de las viejas. Así como se va entibiando el agua, va la pobre anciana amasando su muerte”. Continúa Gumilla extendiéndose con las propiedades mortíferas del curare, tan inapelables, que una vez infeccionada la sangre, siquiera por un rasguño, ni bestia ni hombre alcanzan apenas a expresar la sorpresa por la herida, porque en un tris la sangre se enfría, el corazón se para y adiós. Ni en este libro ni en otros he encontrado que el curare suscitara un estancamiento sensorial externo compensado con la apertura de un canal perceptivo al otro lado –síntomas que me parecen más bien propios de otras sustancias vegetales como el peyote, la ayahuasca, la brugmansia o la amanita muscaria, todas ellas englobadas en los últimos años bajo la denominación de “enteógenos”, un neologismo cuyo significado etimológico es “que crea a un dios en su interior”. Si fuera, pues, un enteógeno, en vez de curare, lo que hubiera alterado el estado del ingeniero, cabría pensar entonces que el árbol, el indio del dardo, el dardo y la herida estaban en el mismo plano sensorial que los ángeles docentes y que los 84 átomos de kriptón, es decir, en su relato alucinado, y, de paso, confirmaría que esas experiencias de contacto con Dios o con sus subordinados son tan intensas y trascendentes para quien las vive como insulsas para quien las escucha. A no ser, claro, que quien las cuente se llame Santa Teresa de Jesús.

lunes, 26 de marzo de 2018

"Zapatos de ante azul": el inicio de la novela


1. Zapatos de ante azul


Ese hombre sentado que ahora levanta su jarra de cerveza y la vacía de un trago mientras con el pie derecho sigue el ritmo de I will survive, que con voz arrastrada destroza un émulo de Gloria Gaynor sobre el minúsculo escenario, se llama Elvis, así a secas, aunque algunos, los que le conocen de más tiempo, le llaman a veces Chico Elvis, y otros, los menos, Travolta o Toni Manero, porque dicen que se parece a John Travolta, pero no tan alto, bastante más grueso y con menos pelo. Hace apenas una hora interpretaba su versión de Zapatos de ante azul: “una por la pasta,/ dos por el show,/ tres, prepárate,/ venga, tío, voy...”, pero son las dos de un sábado y apenas hay clientela, sólo dos parejas que hace tiempo que han apurado sus copas y que no tienen pinta de consumir más, conque cuando termina la diva –lánguidos aplausos-, él se levanta y dice: ¡Vamos a cerrar! Los otros perezosamente lo imitan, se van, y él, como aún tiene que esperar a que su acompañante de cartel se baje de sus botas y se vista de calle, aprovecha y, mientras, retira los vasos, vacía los ceniceros, limpia las mesas y barre un poco el piso. Aquel, desde un cuarto de baño repleto hasta el techo de cajas de cerveza le grita: Elvis, ¿que no hay gas?, y él: ¡Se acabó ayer! Dúchate con agua fría, que no te vas a constipar, guapa. Y aunque todavía queda bastante porquería en el suelo, sobre todo colillas y tierra de la obra de al lado, que por mucho que barras se cuela por todos los rincones, deja la escoba y se sienta de nuevo. ¡Date prisa, no te me vayas a poner ahora estupenda, que es lo que me faltaba! Tranquilo, solo es una duchita rápida y ya estoy. Una duchita rápida y ya está; la madre que lo parió, dice Elvis, y al cabo de unos minutos se levanta, coge una bayeta de detrás de la barra y se pone a quitar el polvo al cuadro del Rey que hay pintado en la pared del fondo, a la izquierda, junto al escenario.
Él no se ducha aquí, ya se duchará en casa si le apetece. Maqueado a pesar del calor con su traje John Belushi, la camisa blanca y sus botas de tacón cubano, casi siempre actúa con su ropa de calle, por lo menos aquí, en "Las Cuatro Rosas"; en las galas de Bolos es diferente, más festivo, como este Elvis de la pared, en blanco y oro, perfilado en negro, un brazo en alto y el otro al frente, como tendiendo el micrófono al público para que coree el estribillo, but don´t you step on my blue suede shoes..., una pierna parece mucho más corta que la otra, y las cejas..., se les ha ido la mano con las cejas, ...anything that you wanna do. El tupé es lo que más me gusta, y el rótulo que hay debajo de la pintura: "Elvis Presley, el Rey". Lay off of my shoes... y en eso que sale Doli y dice: Si le sigues frotando así, le vas a poner cachondo. Elvis se da la vuelta; ya era hora, responde. Y la otra, qué culpa tiene una si le gusta estar limpia y no ir por ahí oliendo a jamón.
Doli -abreviatura familiar de María Dolores- lleva un vestidito ceñido y calza unas zapatillas del cuarenta y dos por donde asoma el antiguo Manolo.
-Venga, cerrando- dice Elvis con voz desganada.
En la placeta no hay nadie. Ella despotrica contra la finca que están construyendo. Elvis asiente con monosílabos. Luego ella se calla y siguen en silencio hasta el Mercado. Allí Doli encuentra a una conocida, y Elvis se despide y continúa solo. En la Bolsería pasa por enfrente de un garito donde adolescentes embutidos en vaqueros y camisetas alardean de atributos mientras beben cerveza y oyen música de Los Rodríguez. Uno de ellos le grita: ¡Eh, Elvis! Él masculla un insulto y sigue caminando, atraviesa la zona de bares y al poco ya está en casa.
Es un tercero pequeño y mal ventilado, que huele a ambientador revenido, sudor añejo, polvo y hierbas. En su comedor-salita-cocina un hombre delgado de unos cuarenta y pico lee arrellanado en un sillón de hule un artículo del "Muy Interesante". Elvis saluda y antes de sentarse en el otro sillón coge una cerveza de la nevera. ¿Qué tal la nueva infusión? -pregunta-. Ya ves –responde el otro-. Pues sí que estamos bien. Y a ti, ¿qué? Bah, nada especial, muy poca gente -dice, abre la lata de cerveza y bebe un trago-. Oye, pero si estás empapado de sudor. Sí, es que de momento, hasta que lleve los otros a que me los arreglen, solo tengo el Viva Las Vegas y este... Los trajes se pueden entrar, pero no al revés; tienes que hacerme caso, Chico, te sobran por lo menos diez kilos. Ya, si lo tengo pensado, no creas. Un día de estos voy a racionarme las birras. Sí, un día de estos. No te pongas borde -concluye Elvis, y ya no se dicen nada más, uno vuelve a su revista y el otro, a su cerveza, hasta que Elvis descubre un acuario sobre el aparador donde antes se apilaban sus cintas de música. ¡Y esto! –exclama- ¿qué es esto? ¿Dónde están mis cintas? Tranquilo, están ahí, en el suelo, las he puesto en unas cajas de zapatos. Es que he tenido que traerme unas pirañas porque últimamente en la tienda están muy nerviosas y no comen nada, a ver si aquí puedo sacarlas adelante. Ah, muy bien, pirañas, y te las traes a casa para una cura de reposo. Pues espero que no les moleste la música. ¿Y qué comen? Allí les damos liviano o cebo vivo. ¡Cebo vivo! Bueno, eso es lo suyo; yo, de momento, lo estoy intentando con trocitos de longaniza y mortadela, y parece que les va. Ah, cojonudo, les alabo el gusto, porque eso es justo lo que iba a almorzar mañana. Ahora para estar en paz supongo que tendré que freírmelas como boquerones, porque ya he visto que la nevera está pelada. Claro, como te ha dado pena dejártelas solas, las pobres, pues has dicho para qué voy a ir a comprar si total es un día y además a Elvis le va a venir fenomenal un poco de ayuno a ver si pierde algunos de esos kilos que le sobran y se puede cambiar el traje que lleva. Tú, como te puedes pasar con tus sopas de mijo y un poco de alpiste, pues no hay problema, eh.

 

lunes, 26 de febrero de 2018

Lecturas adolescentes

Sí, ya sé que ese lector no es un adolescente, pero denle tiempo. Además, me encanta esta foto de Tatyana Tomsickova
Dentro de la jerga didáctica, muy rica en tecnicismos, eufemismos y estupideces -categoría ésta que a menudo implica a las anteriores-, uno de los casos más logrados de estulticia es la expresión "libro de lectura". El término parece sugerir otros usos habituales de ese objeto. Por ejemplo: "libro arrojadizo", "libro de equilibrios", "libro de exhibición" o "libro de intimidación"..., es decir, libro de lo que sea o para lo que sea, menos para leer. Pero no, ya digo que se trata de una expresión jergal; vaya, que se le puede perdonar la redundancia a cambio de un matiz. Esto lo sabe cualquiera: el libro de lectura se opone al libro de texto, que es más serio y sirve para estudiar las lecciones. El complemento preposicional "de lectura" cumple entonces dos usos: uno de tipo especificativo, que nos remite a su significado concreto (ese libro que manda el profesor de lengua cada evaluación y del que suele poner un examen -al que se denomina con toda propiedad "examen de lectura" (a veces también "control de lectura", que asusta menos)- o bien del que pide un resumen. Y otro uso mnemotécnico, muy importante: el de recordar a los alumnos que lo que tienen que hacer con ese libro es leerlo y no otra cosa. Por lo general, es el cumplimiento de ese cometido lo que nos suele preocupar a los profesores y a las editoriales. De ahí que haya triunfado una expresión tan tonta. Pero lo peor de esto no es que lastremos la lengua con tanta ganga. Intentaré explicarlo.
El otro día me viene un vecino y me pregunta si tenía por casa alguna adaptación de "La vuelta al mundo en ochenta días", que era el "libro de lectura" de su hijo en la segunda evaluación. He de aclarar que su hijo es un zamarro de 13 años que ya hace tiempo que se afeita. Le dije que me parecía que guardaba por algún cajón un vídeo de los dibujos animados de Willy Fog, pero no era eso lo que buscaba. Al menos, no tanto. Él lo que quería era una adaptación: "ya sabes, para chavales". ¿Pero qué es lo que hay que adaptar en una novela de Julio Verne? Cuando yo era pequeño leíamos las novelas de Verne, las de Salgari, Jack London, Stevenson, incluso las de Karl May, y no nos hacía falta ningún ajuste. Ahora bien, no había nadie que temiera que el esfuerzo empleado en la lectura pudiera causarnos un esguince cerebral. Y, lo que es más importante, nuestros padres no se torturaban con un sentimiento de culpabilidad si nos aburríamos en casa. En cambio, los niños de hoy, apenas insinúan su primer bostezo, ya tienen a los suyos corriendo a apuntarles a clases extraescolares de gaita. ¡Que se aburran los otros! parece ser el lema. Los de las editoriales, que a veces también son padres, se han aplicado con denuedo en la batalla contra la gran lacra y se han lanzado a adaptar todo. La receta es fácil: lo primero es quitar un montón de páginas, cuantas más mejor. Luego cambian las descripciones por ilustraciones, reducen los diálogos, eliminan las digresiones, simplifican la trama y quitan las palabras que puedan requerir una búsqueda en el diccionario. A cambio de todo esto, te adjuntan después del texto un "dossier didáctico". El éxito que han tenido con esta maniobra ha sido de tal envergadura, que ha dado pie a la creación de una subliteratura para alumnos de instituto. Sus características son las mismas de las adaptaciones que digo, pero aquí no se dedican a asesinar obras ajenas, sino que son engendros propios, que muchas veces pretenden colar en los institutos con la añagaza de los temas transversales -es decir, con las buenas intenciones-.
Por supuesto que hay excepciones. La semana pasada mi amigo Luis Lajara me invitó al acto de presentación de la colección de clásicos "Loqueleo" de la editorial Santillana en Valencia. Allí el profesor y escritor Fernando J. López nos sorprendió con un discurso lleno de gracia y sentido común en el que reivindicó la actualidad de nuestros clásicos: "La Celestina", "Lazarillo de Tormes" "La vida es sueño", "Rimas y Leyendas", "Luces de bohemia"... ¡Sin adaptar! Con toda su complejidad y su riqueza, editadas con mimo y elegancia, pero, sobre todo, con respeto hacia los profesores y hacia los alumnos. A los primeros, por apostar por nosotros como transmisores de la lección de humanismo que enseñan los clásicos; y a los alumnos, por presuponerles la inteligencia y la inquietud para aceptar el desafío. 
Por todo ello, cuando los planes de estudio han ido acorralando la literatura en los márgenes del currículum, estas propuestas clásicas de "Loqueleo" nos dan herramientas y esperanzas en nuestra batalla contra la infantilización de la enseñanza secundaria.