
Rosario Catellanos (1925-1974) Cuando el "Boom" de la literatura hispanoamericana, con ese par de oes marcando paquete, hizo ¡bum!, los editores españoles y la agente literaria que ejercieron de pirotécnicos de esa fiesta dejaron las novelas de Elena Garro y Rosario Castellanos encerradas con llave en un cojón... cajón que diga. No fue cosa de olvido ni menos aún de calidad literaria; si bien a sus obras les sentaba perfectamente el oxímoron de "realismo mágico" que servía de tarjeta de presentación de aquellos escritores, tanto una como la otra tenían el inconveniente de ser mujeres en un momento en que la tinta con testosterona vendía más. Su ausencia del canon literario, que se prolonga ya más de medio siglo, no es tan imputable a la ignorancia (aunque también hay algo de eso) como a la alevosía. Ha pesado sobre ellas la "damnatio memoriae", la condena al olvido. Los cargos imputados son los de siempre cuando se trata de mujeres: usurpación de funciones, desacato a la autoridad y dejación de obligaciones domésticas y familiares. Rousseau lo resumió muy bien en el Libro V de Emilio o De la educación (1762):
El ingenio femenino es una carga para el marido, los hijos, los criados, para todo el mundo.
Le faltó decir que para la mujer también: una carga de insatisfacción y de culpa que en algunos casos la abocaba al suicidio (Virginia Woolf, Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath...), al silencio, a la ocultación tras el anonimato, o bien tras un seudónimo masculino (Fernán Caballero, Víctor Català, George Sand...), incluso tras el nombre del marido (como en el caso de María Lejárraga, a quien un tal Gregorio Martínez Sierra, con quien estaba casada, le robó su fama).
Otro marido y mandarín famoso, el de Elena Garro, autora de Recuerdos del porvenir -una de las cimas de la narrativa en español del siglo XX (sin ninguna resonancia en el "Boom")- le pidió a su señora que se dejara la universidad, que se dejara la danza y que si quería escribir..., bueno, pero que la poesía la dejara en Paz, que eso era cosa suya. En fin, la literatura española está llena de absurdos como este.

Elena Garro y su marido El canon literario, es decir, lo que se estudia en los libros de texto de la escuela y del instituto y que viene a formar parte sustancial de ese complejo entramado de referencias que llamamos "cultura" es una selección sin apenas variaciones del corpus que estableció Menéndez Pelayo para el periodo histórico que abarca hasta el siglo XIX y que Lázaro Carreter y Vicente Tusón completaron para el XX con sus libros de texto de la editorial Anaya. A ello, lógicamente, hay que añadir las obras del "Boom", del que Carmen Balcells y Carlos Barral fueron los grandes canonizadores, y las ya más dudosas de este siglo XXI.
A veces se achaca al paso del tiempo una responsabilidad en la elaboración del canon, como si este fuera el resultado natural de un proceso de decantación. De este modo quedaría libre de cualquier disputa, de cualquier alternativa o disidencia. Pero el tiempo no es un argumento, acaso una ocultación. En la santificación de aquellos a los que se les permite la entrada en el Parnaso hay factores de tipo ideológico que van más allá de lo literario. La etimología de "canon", del griego "kanon" (caña o vara de medir) apunta a otro uso de esa caña emparentado con la autoridad, la disciplina y el castigo. El canon no es inocente, responde a una ideología y se constituye en una institución. De ahí la necesidad de una reflexión sobre sus límites y sus carencias que se han planteado, sobre todo, las mujeres. Son ellas las que denuncian y se rebelan contra la condena al olvido publicando estudios, organizando congresos y editando la obra de otras mujeres que llevaron las etiquetas de marginales, rupturistas, disidentes, malditas, heterodoxas, olvidadas, neurasténicas, locas, suicidas, putas, brujas, hombrunas, revolucionarias, malamadres...
Hoy quiero hablar aquí de la novela de una de ellas, de Balún Canán, de la mejicana Rosario Castellanos. Publicada en el año 1957 y ambientada en Chiapas durante el gobierno progresista de Lázaro Cárdenas (1934-1940), gira en torno al descubrimiento de la vida de una niña blanca de siete años, hija de unos hacendados que ven cómo su situación de privilegio se tambalea cuando los indígenas empiezan a tener conciencia de sus derechos.
La novela tiene tres partes cronológicamente sucesivas. En la primera y la tercera la narradora es la niña; en la segunda, un narrador omnisciente. No hay mucha diferencia entre ambas voces, salvo que la primera es más inocente y la segunda más analítica; en los diálogos resuenan palabras del tzeltal, una de las lenguas de la familia maya que se hablan en Chiapas. No recuerdo haber leído nada del "Boom" con tanta fuerza expresiva. La única novela que me evoca una experiencia lectora semejante es "Los ríos profundos", de José María Arguedas, con la que comparte una extraña y delicada oralidad propia de los mitos.
-...Y entonces, coléricos, nos desposeyeron, nos arrebataron lo que habíamos atesorado: la palabra, que es el arca de la memoria. Desde aquellos días arden y se consumen con el leño en la hoguera. Sube el humo en el viento y se deshace. Queda la ceniza sin rostro. Para que puedas venir tú y el que es menor que tú y les baste un soplo, solamente un soplo...
Así se inicia la novela. Son palabras de la nana que pueden considerarse como el vaticinio de un coro trágico sobre el final de una dinastía. Esta nana es un personaje entrañable, una india tzeltal con la clarividencia de Tiresias, aya de la niña, en quien despierta una sensibilidad diferente para contemplar un mundo caracterizado por fuertes oposiciones: los adultos frente a los niños, los señores frente a los criados, los blancos frente a los indios, los hombres frente a las mujeres. Son relaciones de poder a favor de los primeros que se tambalean cuando en los segundos la conciencia de lo que es justo y lo que no pesan más que la costumbre. Viene entonces el hundimiento de una casta de dominadores, la tragedia de la familia Argüello, que ve cómo su heredero varón, condenado por la ignorancia y el miedo de su propia madre y por la despreocupación del padre, confirma fatalmente la maldición que pesa sobre ellos.
-Hasta aquí, no más allá llega el apellido de Argüello. Aquí, ante nuestros ojos, se extingue. Porque tu vientre fue estéril y no dio varón.
-¡No dio varón! ¿Y qué más querés que Mario? ¡Si es todo mi orgullo!
-No se va a lograr, señora. No alcanzará los años de su perfección.
-¿Porque lo decís vos, lengua maldita?
-¿Cómo lo voy a decir yo, hablando contra mis entrañas? Lo dijeron otros que tienen sabiduría y poder. Los ancianos de la tribu de Chactajal se reunieron en deliberación. Pues cada uno había escuchado, en el secreto de su sueño, una voz que decía: "que no prosperen, que no se perpetúe. Que el puente que tendieron para pasar a los días futuros se rompa". Eso les aconsejaba una voz como de animal. Y así condenaron a Mario.
Mi madre se sobresaltó al recordar:
-Los brujos...
-Los brujos se lo están empezando a comer.
(página 226)
Sueños, presagios, maldiciones, seres fantásticos de la mitología maya (el dzulum, que significa "el ansia de morir", un animal "que no se mueve por hambre sino por voluntad de mando" y que seduce y hace desaparecer a las mujeres, o el Cashaná, "el padre de la mentira", un demonio que engaña a los niños para que se porten mal), la personificación de los elementos de la naturaleza, la relación íntima que establecen los indios con ellos, sus ritos, sus prohibiciones y la transgresión que de ellas hacen los blancos. Todo ello constituye no solo el escenario cultural de la novela, sino su materia narrativa, que, dentro de su originalidad, se inscribe en aquello que Alejo Carpentier llamó en el prólogo de El reino de este mundo lo real maravilloso".
¿En qué momento empezamos a oír ese ruido de hojarasca pisada? Como entre sueños vimos aparever entre nosotros un cervato. Venía perseguido por quién sabe qué peligro mayor y se detuvo al borde del mantel, trémulo de sorpresa y de miedo; palpitantes de fatiga los ijares, húmedos los rasgados ojos, alerta las orejas. Quiso volverse, huir; pero ya Ernesto había desenfundado su pistola y disparó sobre la frente del animal, en medio de donde brotaba, apenas, la cornamenta. Quedó tendido, con los cascos llenos de lodo de su carrera funesta, con la piel reluciente del último sudor.
[...] Mario y yo nos acercamos con timidez hasta el sitio donde yace el venado. No sabíamos que era tan fácil morir y quedarse quieto. Uno de los indios, que está detrás de nosotros, se arrodilla y con la punta de una varita levanta el párpado del ciervo. Y aparece un ojo extinguido, opaco, igual a un charco de agua estancada donde fermenta ya la descomposición. Los otros indios se inclinan también hacia ese ojo desnudo y algo ven en su fondo porque cuando se yerguen tienen el rostro demudado. Se retiran y van a encuclillarse lejos de nosotros, evitándonos. Desde allí nos miran y cuchichean.
(pág. 66-67)
He leído en Aprender a escuchar, un ensayo sobre unas peculiaridades lingüísticas del tojolabal (una de las lenguas mayas que se hablan en Chiapas) del lingüista y filósofo Carlos Lenkersdorf, que esas características definen socialmente a la comunidad de sus hablantes y a lo que nosotros llamaríamos su "cosmovisión" y él, sin embargo, "cosmoaudición", porque son precisamente el escuchar junto a su sentido del "nosotros" esos rasgos definitorios. Así, mientras que en las lenguas occidentales el pronombre de primera persona del plural es un "yo con otros", en las lenguas mayas es un "yo en otros", y mientras en las primeras "escuchar" es una función del "hablar", en el tojolabal como en el tzeltal "escuchar" equivale a "emparejarse con el otro". Al respecto hay una noticia muy ilustrativa que recoge Lenkersdorf de un diario local chiapaneco que alude a la destitución de un político municipal "por su falta de capacidad para escuchar al pueblo". "Escuchar" determina, pues, unas relaciones que se oponen a las jerárquicas, que aproximan y crean comunidad, y no solo entre las personas, sino también con la naturaleza. Dice este lingüista:
No solo escuchan al nivel social, sino que escuchan a las plantas, los animales y toda la naturaleza.
En la novela de Rosario Castellanos César Argüello, el hacendado, se reúne con los indios a raíz de una protesta de estos: el maestro impuesto por él no sabe hablar tzeltal, llega borracho a la escuela y ha pegado a un niño. César, que sí se expresa en la lengua de los indios, habla y habla, pero no escucha, no se empareja con ellos, argumenta y en su argumentación expresa distancia y hegemonía. Sus palabras son el ruido que le impide escuchar la naturaleza, y esta incapacidad va a ser la causa del desastre.
Algo de esa "cosmoaudición" permea las páginas de la novela de Rosario Castellanos, quien como la niña de siete años, narradora y protagonista, vivió su infancia en Chiapas, en la ciudad de Comitán, que antes se llamó Balún Canán ("Los siete guardianes -o estrellas-" en tzeltal). Allí escuchó a su nana india y aprendió de ella sus costumbres, sus leyendas, sus mitos y su sensibilidad hacia la naturaleza, vista (y escuchada) no como un paisaje o un entorno sino como entes sensibles que nos acompañan o nos eluden.
¡Qué alrededor tan inmenso! Una llanura sin rebaños donde el único animal que trisca es el viento. Y cómo se encabrita a veces y derriba a los pájaros que han venido a posarse tímidamente en su grupa. Y cómo relincha. ¡Con qué libertad! ¡Con qué brío!
Ahora me doy cuenta de que la voz que he estado escuchando desde que nací es esta. Y esta la compañía de todas mis horas. Lo había visto ya, en invierno, venir armado de largos y agudos cuchillos y traspasar nuestra carne acongojada de frío. Lo he sentido en verano, perezoso, amarillo de polen, acercarse con un gusto de miel silvestre entre los labios. Y anochece dando alaridos de furia. Y se remansa al mediodía, cuando el reloj del Cabildo da las doce. Y toca las puertas y derriba los floreros y revuelve los papeles del escritorio y hace travesuras con los vestidos de las muchachas. Pero nunca, hasta hoy, había venido yo a la casa de su albedrío. Y me quedo aquí, con los ojos bajos porque (la nana me lo ha dicho) es así como el respeto mira lo que es grande.
(página 22)
nota: todas las citas de la novela se refieren a la quinta edición (Colección Popular) del Fondo de Cultura Económica. México, 2007.
Zapatos de ante azul
detengan los bombardeos
domingo, 24 de mayo de 2026
"Balún Canán": reivindicación de Rosario Castellanos
miércoles, 28 de enero de 2026
"La modificación", de Michel Butor
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| Compañeras de viaje, Augustus Egg, 1868. |
Léon Delmont, el protagonista de La modificación, de Michel Butor (1957), es un directivo que desempeña un cargo de responsabilidad en la sucursal parisina de la empresa italiana de máquinas de escribir Scabelli, cuya casa central tiene su sede en Roma. El señor Delmont tiene cuarenta y cinco años, seguramente se está quedando calvo, vive en París, en la plaza del Panteón número 15, junto a su esposa, Henriette, de la que estuvo muy enamorado pero ya no, al contrario, la culpa del hastío de una vida rutinaria que concibe como un sometimiento, una renuncia, casi una esclavitud. Además están sus hijos -Marceline, Henry, Thomas y Madelaine-, a los que por los agobios de su propio trabajo no les puede ayudar en sus estudios. Cada vez se agranda la distancia entre ellos, se pierde la confianza, le molestan. Igual esto les suena de algo, pero no piensen que es un oficinista gris pendiente solo de catálogos de máquinas de escribir, cintas de tinta y recambios de teclas, no. Delmont es un hombre culto, miembro de la Sociedad de Amigos del Louvre, de la Sociedad Dante Alighieri, lector de la Eneida y de las cartas de Juliano el Apóstata. El señor Delmont fuma "Gauloises" cuando está en París y "Nazionale" en Roma, ciudad a la que viaja por motivos laborales con cierta frecuencia, siempre en primera: el rápido número 7, un tren expreso que recorre el trayecto desde la Gare de Lyon hasta Roma-Termini en dieciocho horas y cuarenta minutos. Es muy cómodo: sale a la hora de cenar (en el vagón restaurante, por supuesto), duerme en su litera del coche cama y llega a Roma a media tarde. Está tan acostumbrado que se sabe casi todas las estaciones de memoria: La Roche, Dijon, Chalon, Mâcon, Bourg, Culoz, Aix-les-Bains, Chambéry, Modane, Turín, Génova, Pisa, Roma-Termini. Es cierto que le asiste en ese ejercicio mnemotécnico una guía de ferrocarriles de tapas azules que ya empieza a quedarse desfasada en cuestión de horarios, porque se remonta a unos años atrás, antes de la guerra, cuando en una ocasión viajó a Roma acompañado de Henriette, su mujer. Entonces ya se alojó en el Albergo Quirinale, como ha venido haciendo después, aunque con frecuencia pasa parte de la noche en el piso de la señora da Ponte, en la Via Monte della Farina. Pero el viaje que enmarca el aquí y ahora de la narración entre la primera frase ("Ha puesto usted el pie sobre la ranura de cobre, mientras que con el hombro derecho intenta inútilmente correr un poco más la puerta") y el punto final después de "Sale del compartimento", este viaje, si bien tiene el mismo origen -la Gare de Lyon- y el mismo destino -Roma-Termini-, no es el mismo que los anteriores, es decir, el Rápido número 7, que sale a la hora de la cena, sino el expreso de las 8:10, que llega a su destino doscientas setenta páginas después, a las 5:45, y es notoriamente más incómodo, no solo por el horario y por el hecho de que tarda dos horas y cincuenta y cinco minutos más, sino porque viaja en tercera a cuenta de su propio peculio, ya que su finalidad es ajena a los intereses de la casa Scabelli.
Dice: "Ha puesto usted el pie sobre la ranura de cobre, mientras que con el hombro izquierdo intenta inítilmente correr un poco más la puerta". Así empieza la novela, el viaje y la lectura, que aquí viene a ser lo mismo, con su protagonista instalándose en el compartimento mientras usted, lector, busca acomodo en la página, quizás un tanto perplejo por ese "usted" que parece interpelarle procedente no sabe bien si de un desdoblamiento esquizoide del personaje o de un narrador reservado cuya omnisciencia alcanza solo a lo que atañe al señor Delmont: a lo que contempla desde su asiento, a los recuerdos de sus viajes anteriores a Roma y al que desde Roma hizo a París en compañía de una tal Cécile (luego les cuento), a las intenciones de este, que ya digo que no tienen nada que ver con la mecanografía, e incluso a su mundo onírico, que sale a la superficie en forma de imágenes entre cabezada y cabezada cuando después de tantas horas de viaje el cansancio le hace mella.
En el primer párrafo Léon Delmont se ha instalado ya, según su costumbre, en el asiento del extremo del compartimento que da al pasillo, en dirección a la marcha del tren, desde donde, sin molestar a nadie, puede salir al aseo, al vagón restaurante, a estirar las piernas o a fumar. Pero eso luego. Primero se fija en sus acompañantes: un señor bajito, una pareja de recién casados, un cura, un hombre algo más joven que él con pinta de intelectual, uno de cara sonrosada que parece inglés y otro que ha entrado muy sofocacado porque ha estado a punto de perder el tren. A continuación..., o no, alternadas con las presentaciones de esos pasajeros, viene una serie de descripciones rápidas, apuntes más bien, enumeraciones mejor, del paisaje que se le va ofreciendo a través de la ventanilla, de lo que ve por el pasillo y de los objetos del mismo compartimento, con una querencia especial por la rejilla metálica del piso que sirve de conducto de transmisión de la calefacción. Llegados a este punto, calculo que no más allá del kilómetro cinco de los mil cuatrocientos treinta que separan a una ciudad de la otra, el lector es el que empieza a sentir síntomas de un desdoblamiento esquizoide y está en un tris de levantarse airado de su asiento, echar mano al freno de emergencia y aventurar una incursión a lo largo del pasillo para decirle unas cuantas palabras al maquinista. Por suerte es solo un impulso, un pronto impetuoso que uno vence no tanto por el ritmo de la prosa, que con esas ristras de subordinadas tiene algo de hipnótico, como si quisiera imitar el traqueteo monóntono del tren, sino por una necesidad de sentido que intuye el lector detrás de tanta descripción, enumeración, explicación y elucubración con las que esa voz narrativa busca fijar una realidad huidiza, como las vistas que se le ofrecen al señor Delmont a través de la ventanilla, que apenas las ha visto ya han cambiado. Así los bosques, los prados, los sembrados, las granjas, las fábricas, las casitas allá a lo lejos, y así los recuerdos y los proyectos.
miércoles, 10 de septiembre de 2025
Genocidio y crímenes de guerra
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jueves, 2 de noviembre de 2023
"El rey de los alisos", de Michel Tournier
1. "3 de enero de 1938. Eres un ogro, me decía a veces Rachel. ¿Un ogro? Es decir, ¿un monstruo fantástico surgido de la noche de los tiempos? Sí, creo en mi naturaleza fantástica; quiero decir, en esta secreta complicidad que mezcla profundamente mi aventura personal con el curso de las cosas, y le permite inclinarlo a su favor".
| El Ogro de Pulgarcito ilustrado por Gustave Doré. |
El Rey de los Alisos con su corona y su cola...
lunes, 17 de abril de 2023
El boxeo y la vida
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| Mourad Aliev, otro púgil cansado |
viernes, 7 de abril de 2023
En bicicleta por el Bidasoa y por el canal del Garona
Este artículo es un relato voluntariamente incompleto y desordenado de un viaje gozoso por tierras vascas y francesas durante el mes de agosto de 2022. No tiene otro propósito que el de guardar el recuerdo y compartirlo con algunos amigos. Tejido con retales escritos por los viajeros es a la fuerza irregular, pero creo que guarda en su disparidad algo que lo define: la ausencia de prisa, la fascinación por el paisaje y el placer de la conversación.
2. Víctor:
3. Ricardo: Zubieta.
Y por fin llegamos a Zubieta, que nos recibe en fiestas. Es un pueblo pequeño de muchos apellidos vascos que nos ofrece una inmersión se cultura euskalduna, y lo hace tan eficazmente que si no continúo en euskera este texto es porque yo sé que algunos lectores, buena gente en general y amigos de los miembros del cuerpo expedicionario, no dominan esta lengua. Pero nosotros, que hemos sido tocados por la gracia del Espíritu Santo vasco le hemos pillado el tranquillo al idioma que es un gusto. No me quiero alargar en la demostración, pero algo he de decir, porque luego hay descreídos y envidiosos que sonríen cuando se les cuenta este portento idiomático. Asín que ahí voy: donde cualquier otro aborigen peninsular no euskaldún hubiera tenido que recurrir a una torpe gesticulación propia de mandriles o chimpancés para llegado el momento satisfacer el apetito con alguna delicia local, o incluso hubiera tenido que echar mano no sin sonrojo a la lengua del Fari y de Paco Martínez Soria, nosotros de un sola mirada penetramos en los secretos de esa lengua milenaria y sin que nadie nos tradujera nada comprendimos el significado de menua, de zopa, de paella, postrea, kafea y otras por el estilo (por favor , amigo lector, no desespere si no comprende: estamos pensando añadir un glosario al final). ¿Impresionado? Pues eso no es nada. Si hubierais visto a Ricardo traducir a pelo las intervenciones del duelo de versolaris en la plaza del pueblo, que es al mismo tiempo el frontón, entonces sí que sí. Para que os deis cuenta del carácter improvisado y mordaz de los versolaris os contaré un detalle. El versolari de barbita con una mirada tuvo bastante para identificar a Víctor cómo un espécimen cumplido de homo saguntinus, y no tardó ni dos minutos en improvisar una rima en la que decía que le entraba muy mala hostia de ver que un tío de Sagunto no parara de descojonarse en su actuación. Menos mal que Ricardo lo tradujo en buen castellano, porque si no igual se monta una gorda en el pueblo, que los de Zubieta tienen mucho carácter. Aquí, ya te digo, la iglesia está apartada y en alto, como para que uno se lo piense mucho antes de ir a misa. En cambio el frontón está en el centro del pueblo y ejerce de plaza mayor. De hecho toda la fiesta se desarrolla allí: cucaña, concurso de frontón, desafíos de versolaris, bailes tradicionales y bailes menos tradicionales. Hay una variante de estos muy celebrada por aquí. Consiste en que a las cuatro de la mañana, cuando ya la verbena va decayendo, para animar al personal a que siga la fiesta un indígena coge un bombo y lo empieza a aporrear cada cinco minutos. No es cosa fácil, no se crean, porque lo ha de hacer sin ningún ritmo ni gracia. De vez en cuando un compañero le acompaña con un platillo. El resultado es que todos los vecinos que en ese momento están durmiendo se acuerdan de la familia de ambos intérpretes y se suman de nuevo a la fiesta aunque solo sea de pensamiento. De resultas de esto se comprenderá que esta mañana hemos abandonado Zubieta con una mezcla se sentimientos encontrados.
Día 17 de agosto del año del Señor 2022. Amanecemos pronto en Zubieta. Desde la noche anterior un grupo de amables parroquianos nos ha deleitado con el sonido de un tambor. A las 08.30 h. hemos arrancado en dirección a Hendaya a través de la Vía Verde del Bidasoa. Los primeros kilómetros fluían ante nosotros inmersos en una vegetación exuberante de bosque atlántico. El río era nuestro compañero inseparable y todos nuestros sentidos agradecían el frescor, el paisaje, el olor y el rumor del camino. Claro!!!! Muy bonito!!!!! Pero cuando llegó la guerra de cifras (quedan 18 km, no! que va! quedan 5, síiiiiiiiii otros 5. Los últimos kilómetros de la Vía Verde los recordaremos (sobre todo María y yo, su padre) como la expresión pura y simple del agotamiento, del dolor, del "no puedo más". Pero todo llega y un enorme rótulo nos indica que llegamos a Irún y, por ende, a Hendaya. En Irún recuperamos fuerzas con un menú variado en el que destacaban unas natillas que habrían servido para hacer el encofrado de La Sagrada Familia. Ricardo y yo (súper héroes en esta aventura) nos rendimos ante la consistencia de estas natillas sin parangón. Por fin, a eso de las 15.20 horas cruzamos a Francia ( qué frase más épica si pensamos las circunstancias en que muchos españoles las pronunciaron). Son las 16.00 h y en el andén de la estación de Hendaya cinco aventureros miran hacia Burdeos y NO SIENTEN LAS PIERNAS
Sexto día: la visión continuada del canal ha ejercido desde el principio del viaje una atracción de la que resulta muy difícil sustraerse. Contemplada ahora con la perspectiva de más de trescientos kilómetros de ruta se diría que ha sido todo un proceso de seducción en el que la belleza del paisaje y el arrullo continuado de sus aguas nos ha ido llevando sin que lo supiéramos -siempre a cobijo de las inclemencias del sol de agosto por la protección de grandes plátanos, robles y olmos- a un diálogo íntimo con nuestros propios recuerdos. Así, nos han ido acompañando en nuestro pedaleo personas que ya no están y otras que siguen estando a nuestro lado pero de manera diferente. Avanzábamos en la distancia y retrocedíamos en el tiempo. En algún momento al llegar a la plaza mayor de algún pueblo durante la parada de media mañana para el café au lait o la cerveza teníamos la sensación de que llegábamos al mismo pueblo en el que habíamos parado el día anterior. Muy pronto perdimos la noción del día de la semana en el que estamos. Vivimos en un presente regido por los elementos: hace sol, es de noche, hay niebla, llovizna... A veces hablamos entre nosotros durante las horas de bicicleta, y a veces vamos en silencio dialogando cada uno consigo mismo. La noche ha sido siempre una celebración: verbena en Zubieta, blues en Burdeos, varietés en Moissac, baile improvisado en el camping de Grissolles, música en directo durante la cena en Toulouse. Pero el peso de los kilómetros se acumula, aflora el cansancio, la introspección es cada vez más punzante. La imagen del canal tiene algo de hipnótico que desdibuja los límites del tiempo. Tenemos todos la sensación de que este viaje es un regalo doble que nos hacemos: el de la propia experiencia vivida en el momento y el del recuerdo de la misma para el futuro.
9. El mapa. Cuando uno ve el mapa de Francia y ve la distancia que ha atravesado en bicicleta es casi como cuando uno mira una foto suya de niño, se reconoce en ella y acepta con asombro el misterio del paso del tiempo. Ves Burdeos, Toulouse, Carcassonne, Narbona... y piensas con agradecimiento en los momentos vividos, en los viejos plátanos que nos ofrecían su sombra, en las praderas de cola de caballo, en los endrinos, en las higueras y en los manzanos, en las compuertas que íbamos pasando, en aquella vieja lancha que nos remontó cinco kilómetros, en las viñas, en los girasoles, en aquel urogallo que se nos cruzó, en las ratas de agua, en las figuras de los capiteles del claustro de Moissac, en la bendición de una cerveza al acabar la etapa, en las terrazas de la plaza mayor de los pueblos, en los caminos solitarios, en los versos de una canción que leímos en la fachada de un edificio en Narbona:








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