
Rosario Catellanos (1925-1974) Cuando el "Boom" de la literatura hispanoamericana, con ese par de oes marcando paquete, hizo ¡bum!, los editores españoles y la agente literaria que ejercieron de pirotécnicos de esa fiesta dejaron las novelas de Elena Garro y Rosario Castellanos encerradas con llave en un cojón... cajón que diga. No fue cosa de olvido ni menos aún de calidad literaria; si bien a sus obras les sentaba perfectamente el oxímoron de "realismo mágico" que servía de tarjeta de presentación de aquellos escritores, tanto una como la otra tenían el inconveniente de ser mujeres en un momento en que la tinta con testosterona vendía más. Su ausencia del canon literario, que se prolonga ya más de medio siglo, no es tan imputable a la ignorancia (aunque también hay algo de eso) como a la alevosía. Ha pesado sobre ellas la "damnatio memoriae", la condena al olvido. Los cargos imputados son los de siempre cuando se trata de mujeres: usurpación de funciones, desacato a la autoridad y dejación de obligaciones domésticas y familiares. Rousseau lo resumió muy bien en el Libro V de Emilio o De la educación (1762):
El ingenio femenino es una carga para el marido, los hijos, los criados, para todo el mundo.
Le faltó decir que para la mujer también: una carga de insatisfacción y de culpa que en algunos casos la abocaba al suicidio (Virginia Woolf, Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath...), al silencio, a la ocultación tras el anonimato, o bien tras un seudónimo masculino (Fernán Caballero, Víctor Català, George Sand...), incluso tras el nombre del marido (como en el caso de María Lejárraga, a quien un tal Gregorio Martínez Sierra, con quien estaba casada, le robó su fama).
Otro marido y mandarín famoso, el de Elena Garro, autora de Recuerdos del porvenir -una de las cimas de la narrativa en español del siglo XX (sin ninguna resonancia en el "Boom")- le pidió a su señora que se dejara la universidad, que se dejara la danza y que si quería escribir..., bueno, pero que la poesía la dejara en Paz, que eso era cosa suya. En fin, la literatura española está llena de absurdos como este.

Elena Garro y su marido El canon literario, es decir, lo que se estudia en los libros de texto de la escuela y del instituto y que viene a formar parte sustancial de ese complejo entramado de referencias que llamamos "cultura" es una selección sin apenas variaciones del corpus que estableció Menéndez Pelayo para el periodo histórico que abarca hasta el siglo XIX y que Lázaro Carreter y Vicente Tusón completaron para el XX con sus libros de texto de la editorial Anaya. A ello, lógicamente, hay que añadir las obras del "Boom", del que Carmen Balcells y Carlos Barral fueron los grandes canonizadores, y las ya más dudosas de este siglo XXI.
A veces se achaca al paso del tiempo una responsabilidad en la elaboración del canon, como si este fuera el resultado natural de un proceso de decantación. De este modo quedaría libre de cualquier disputa, de cualquier alternativa o disidencia. Pero el tiempo no es un argumento, acaso una ocultación. En la santificación de aquellos a los que se les permite la entrada en el Parnaso hay factores de tipo ideológico que van más allá de lo literario. La etimología de "canon", del griego "kanon" (caña o vara de medir) apunta a otro uso de esa caña emparentado con la autoridad, la disciplina y el castigo. El canon no es inocente, responde a una ideología y se constituye en una institución. De ahí la necesidad de una reflexión sobre sus límites y sus carencias que se han planteado, sobre todo, las mujeres. Son ellas las que denuncian y se rebelan contra la condena al olvido publicando estudios, organizando congresos y editando la obra de otras mujeres que llevaron las etiquetas de marginales, rupturistas, disidentes, malditas, heterodoxas, olvidadas, neurasténicas, locas, suicidas, putas, brujas, hombrunas, revolucionarias, malamadres...
Hoy quiero hablar aquí de la novela de una de ellas, de Balún Canán, de la mejicana Rosario Castellanos. Publicada en el año 1957 y ambientada en Chiapas durante el gobierno progresista de Lázaro Cárdenas (1934-1940), gira en torno al descubrimiento de la vida de una niña blanca de siete años, hija de unos hacendados que ven cómo su situación de privilegio se tambalea cuando los indígenas empiezan a tener conciencia de sus derechos.
La novela tiene tres partes cronológicamente sucesivas. En la primera y la tercera la narradora es la niña; en la segunda, un narrador omnisciente. No hay mucha diferencia entre ambas voces, salvo que la primera es más inocente y la segunda más analítica; en los diálogos resuenan palabras del tzeltal, una de las lenguas de la familia maya que se hablan en Chiapas. No recuerdo haber leído nada del "Boom" con tanta fuerza expresiva. La única novela que me evoca una experiencia lectora semejante es "Los ríos profundos", de José María Arguedas, con la que comparte una extraña y delicada oralidad propia de los mitos.
-...Y entonces, coléricos, nos desposeyeron, nos arrebataron lo que habíamos atesorado: la palabra, que es el arca de la memoria. Desde aquellos días arden y se consumen con el leño en la hoguera. Sube el humo en el viento y se deshace. Queda la ceniza sin rostro. Para que puedas venir tú y el que es menor que tú y les baste un soplo, solamente un soplo...
Así se inicia la novela. Son palabras de la nana que pueden considerarse como el vaticinio de un coro trágico sobre el final de una dinastía. Esta nana es un personaje entrañable, una india tzeltal con la clarividencia de Tiresias, aya de la niña, en quien despierta una sensibilidad diferente para contemplar un mundo caracterizado por fuertes oposiciones: los adultos frente a los niños, los señores frente a los criados, los blancos frente a los indios, los hombres frente a las mujeres. Son relaciones de poder a favor de los primeros que se tambalean cuando en los segundos la conciencia de lo que es justo y lo que no pesan más que la costumbre. Viene entonces el hundimiento de una casta de dominadores, la tragedia de la familia Argüello, que ve cómo su heredero varón, condenado por la ignorancia y el miedo de su propia madre y por la despreocupación del padre, confirma fatalmente la maldición que pesa sobre ellos.
-Hasta aquí, no más allá llega el apellido de Argüello. Aquí, ante nuestros ojos, se extingue. Porque tu vientre fue estéril y no dio varón.
-¡No dio varón! ¿Y qué más querés que Mario? ¡Si es todo mi orgullo!
-No se va a lograr, señora. No alcanzará los años de su perfección.
-¿Porque lo decís vos, lengua maldita?
-¿Cómo lo voy a decir yo, hablando contra mis entrañas? Lo dijeron otros que tienen sabiduría y poder. Los ancianos de la tribu de Chactajal se reunieron en deliberación. Pues cada uno había escuchado, en el secreto de su sueño, una voz que decía: "que no prosperen, que no se perpetúe. Que el puente que tendieron para pasar a los días futuros se rompa". Eso les aconsejaba una voz como de animal. Y así condenaron a Mario.
Mi madre se sobresaltó al recordar:
-Los brujos...
-Los brujos se lo están empezando a comer.
(página 226)
Sueños, presagios, maldiciones, seres fantásticos de la mitología maya (el dzulum, que significa "el ansia de morir", un animal "que no se mueve por hambre sino por voluntad de mando" y que seduce y hace desaparecer a las mujeres, o el Cashaná, "el padre de la mentira", un demonio que engaña a los niños para que se porten mal), la personificación de los elementos de la naturaleza, la relación íntima que establecen los indios con ellos, sus ritos, sus prohibiciones y la transgresión que de ellas hacen los blancos. Todo ello constituye no solo el escenario cultural de la novela, sino su materia narrativa, que, dentro de su originalidad, se inscribe en aquello que Alejo Carpentier llamó en el prólogo de El reino de este mundo lo real maravilloso".
¿En qué momento empezamos a oír ese ruido de hojarasca pisada? Como entre sueños vimos aparever entre nosotros un cervato. Venía perseguido por quién sabe qué peligro mayor y se detuvo al borde del mantel, trémulo de sorpresa y de miedo; palpitantes de fatiga los ijares, húmedos los rasgados ojos, alerta las orejas. Quiso volverse, huir; pero ya Ernesto había desenfundado su pistola y disparó sobre la frente del animal, en medio de donde brotaba, apenas, la cornamenta. Quedó tendido, con los cascos llenos de lodo de su carrera funesta, con la piel reluciente del último sudor.
[...] Mario y yo nos acercamos con timidez hasta el sitio donde yace el venado. No sabíamos que era tan fácil morir y quedarse quieto. Uno de los indios, que está detrás de nosotros, se arrodilla y con la punta de una varita levanta el párpado del ciervo. Y aparece un ojo extinguido, opaco, igual a un charco de agua estancada donde fermenta ya la descomposición. Los otros indios se inclinan también hacia ese ojo desnudo y algo ven en su fondo porque cuando se yerguen tienen el rostro demudado. Se retiran y van a encuclillarse lejos de nosotros, evitándonos. Desde allí nos miran y cuchichean.
(pág. 66-67)
He leído en Aprender a escuchar, un ensayo sobre unas peculiaridades lingüísticas del tojolabal (una de las lenguas mayas que se hablan en Chiapas) del lingüista y filósofo Carlos Lenkersdorf, que esas características definen socialmente a la comunidad de sus hablantes y a lo que nosotros llamaríamos su "cosmovisión" y él, sin embargo, "cosmoaudición", porque son precisamente el escuchar junto a su sentido del "nosotros" esos rasgos definitorios. Así, mientras que en las lenguas occidentales el pronombre de primera persona del plural es un "yo con otros", en las lenguas mayas es un "yo en otros", y mientras en las primeras "escuchar" es una función del "hablar", en el tojolabal como en el tzeltal "escuchar" equivale a "emparejarse con el otro". Al respecto hay una noticia muy ilustrativa que recoge Lenkersdorf de un diario local chiapaneco que alude a la destitución de un político municipal "por su falta de capacidad para escuchar al pueblo". "Escuchar" determina, pues, unas relaciones que se oponen a las jerárquicas, que aproximan y crean comunidad, y no solo entre las personas, sino también con la naturaleza. Dice este lingüista:
No solo escuchan al nivel social, sino que escuchan a las plantas, los animales y toda la naturaleza.
En la novela de Rosario Castellanos César Argüello, el hacendado, se reúne con los indios a raíz de una protesta de estos: el maestro impuesto por él no sabe hablar tzeltal, llega borracho a la escuela y ha pegado a un niño. César, que sí se expresa en la lengua de los indios, habla y habla, pero no escucha, no se empareja con ellos, argumenta y en su argumentación expresa distancia y hegemonía. Sus palabras son el ruido que le impide escuchar la naturaleza, y esta incapacidad va a ser la causa del desastre.
Algo de esa "cosmoaudición" permea las páginas de la novela de Rosario Castellanos, quien como la niña de siete años, narradora y protagonista, vivió su infancia en Chiapas, en la ciudad de Comitán, que antes se llamó Balún Canán ("Los siete guardianes -o estrellas-" en tzeltal). Allí escuchó a su nana india y aprendió de ella sus costumbres, sus leyendas, sus mitos y su sensibilidad hacia la naturaleza, vista (y escuchada) no como un paisaje o un entorno sino como entes sensibles que nos acompañan o nos eluden.
¡Qué alrededor tan inmenso! Una llanura sin rebaños donde el único animal que trisca es el viento. Y cómo se encabrita a veces y derriba a los pájaros que han venido a posarse tímidamente en su grupa. Y cómo relincha. ¡Con qué libertad! ¡Con qué brío!
Ahora me doy cuenta de que la voz que he estado escuchando desde que nací es esta. Y esta la compañía de todas mis horas. Lo había visto ya, en invierno, venir armado de largos y agudos cuchillos y traspasar nuestra carne acongojada de frío. Lo he sentido en verano, perezoso, amarillo de polen, acercarse con un gusto de miel silvestre entre los labios. Y anochece dando alaridos de furia. Y se remansa al mediodía, cuando el reloj del Cabildo da las doce. Y toca las puertas y derriba los floreros y revuelve los papeles del escritorio y hace travesuras con los vestidos de las muchachas. Pero nunca, hasta hoy, había venido yo a la casa de su albedrío. Y me quedo aquí, con los ojos bajos porque (la nana me lo ha dicho) es así como el respeto mira lo que es grande.
(página 22)
nota: todas las citas de la novela se refieren a la quinta edición (Colección Popular) del Fondo de Cultura Económica. México, 2007.
domingo, 24 de mayo de 2026
"Balún Canán": reivindicación de Rosario Castellanos
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario