miércoles, 28 de enero de 2026

"La modificación", de Michel Butor

Compañeras de viaje, Augustus Egg, 1868.

                             

Léon Delmont, el  protagonista de La modificación,  de Michel Butor (1957), es un directivo que desempeña un cargo medianamente importante en la sucursal parisina de la empresa italiana de máquinas de escribir Scabelli, cuya casa central tiene su sede en Roma. El señor Delmont tiene cuarenta y cinco años, seguramente se está quedando calvo, vive en París, en la plaza del Panteón número 15, junto a su esposa, Henriette, de la que estuvo muy enamorado pero ya no, al contrario, la culpa del hastío de una vida rutinaria que concibe como un sometimiento, una renuncia, casi una esclavitud. Además están sus hijos -Marceline, Henry, Thomas y Madelaine-, a los que por los agobios de su propio trabajo no les puede ayudar en sus estudios. Cada vez se agranda la distancia entre ellos, se pierde la confianza, le molestan. Igual esto les suena de algo, pero no piensen que es un oficinista gris pendiente solo de catálogos de máquinas de escribir, cintas de tinta y recambios de teclas, no. Delmont es un hombre culto, miembro de la Sociedad de Amigos del Louvre, de la Sociedad Dante Alighieri, lector de la Eneida y de las cartas de Juliano el Apóstata. El señor Delmont fuma "Gauloises" cuando está en París y "Nazionale" en Roma, ciudad a la que viaja por motivos laborales con cierta frecuencia, siempre en primera: el rápido número 7, un tren expreso que recorre el trayecto desde la Gare de Lyon hasta Roma-Termini en dieciocho horas y cuarenta minutos. Es muy cómodo: sale a la hora de cenar (en el vagón restaurante, por supuesto), duerme en su litera del coche cama y llega a Roma a media tarde. Está tan acostumbrado que se sabe casi todas las estaciones de memoria: La Roche, Dijon, Chalon, Mâcon, Bourg, Culoz, Aix-les-Bains, Chambéry, Modane, Turín, Génova, Pisa, Roma-Termini. Es cierto que le asiste en ese ejercicio mnemotécnico una guía de ferrocarriles de tapas azules que ya empieza a quedarse desfasada en cuestión de horarios, porque se remonta a unos años atrás, antes de la guerra, cuando en una ocasión viajó a Roma acompañado de Henriette, su mujer. Entonces ya se alojó en el Albergo Quirinale, como ha venido haciendo después, aunque con frecuencia pasa parte de la noche en el piso de la señora da Ponte, en la Via Monte della Farina. Pero el viaje que enmarca el aquí y ahora de la narración entre la primera frase ("Ha puesto usted el pie sobre la ranura de cobre, mientras que con el hombro derecho intenta inútilmente correr un poco más la puerta") y el punto final después de "Sale del compartimento", este viaje, si bien tiene el mismo origen -la Gare de Lyon- y el mismo destino -Roma-Termini-, no es el mismo que los anteriores, es decir, el Rápido número 7, que sale a la hora de la cena, sino el expreso de las 8:10, que llega a su destino doscientas setenta páginas después, a las 5:45, y es notoriamente más incómodo, no solo por el horario y por el hecho de que tarda dos horas y cincuenta y cinco minutos más, sino porque viaja en tercera a cuenta de su propio peculio, ya que su finalidad es ajena a los intereses de la casa Scabelli.

    Dice: "Ha puesto usted el pie sobre la ranura de cobre, mientras que con el hombro izquierdo intenta inítilmente correr un poco más la puerta". Así empieza la novela, el viaje y la lectura, que aquí viene a ser lo mismo, con su protagonista instalándose en el compartimento mientras usted, lector, busca acomodo en la página, quizás un tanto perplejo por ese "usted" que parece interpelarle procedente no sabe bien si de un desdoblamiento esquizoide del personaje o de un narrador reservado cuya omnisciencia alcanza solo a lo que atañe al señor Delmont: a lo que contempla desde su asiento, a los recuerdos de sus viajes anteriores a Roma y al que desde Roma hizo a París en compañía de una tal Cécile (luego les cuento), a las intenciones de este, que ya digo que no tienen nada que ver con la mecanografía, e incluso a su mundo onírico, que sale a la superficie en forma de imágenes entre cabezada y cabezada cuando después de tantas horas de viaje el cansancio le hace mella. 

    En el primer párrafo Léon Delmont se ha instalado ya, según su costumbre, en el asiento del extremo del compartimento que da al pasillo, en dirección a la marcha del tren, desde donde, sin molestar a nadie,  puede salir al aseo, al vagón restaurante, a estirar las piernas o a fumar. Pero eso luego. Primero se fija en sus acompañantes: un señor bajito, una pareja de recién casados, un cura, un hombre algo más joven que él con pinta de intelectual, uno de cara sonrosada que parece inglés  y otro que ha entrado muy sofocacado porque ha estado a punto de perder el tren. A continuación..., o no, alternadas con las presentaciones de esos pasajeros, viene una serie de descripciones rápidas, apuntes más bien, enumeraciones mejor, del paisaje que se le va ofreciendo a través de la ventanilla, de lo que ve por el pasillo y de los objetos del mismo compartimento, con una querencia especial por la rejilla metálica del piso que sirve de conducto de transmisión de la calefacción. Llegados a este punto, calculo que no más allá del kilómetro cinco de los mil cuatrocientos treinta que separan a una ciudad de la otra, el lector es el que empieza a sentir síntomas de un desdoblamiento esquizoide y está en un tris de levantarse airado de su asiento, echar mano al freno de emergencia y aventurar una incursión a lo largo del pasillo para decirle unas cuantas palabras al maquinista. Por suerte es solo un impulso, un pronto impetuoso que uno vence no tanto por el ritmo de la prosa, que con esas ristras de subordinadas tiene algo de hipnótico, como si quisiera imitar el traqueteo monóntono del tren, sino por una necesidad de sentido que intuye el lector detrás de tanta descripción, enumeración, explicación y elucubración con las que esa voz narrativa busca fijar una realidad huidiza, como las vistas que se le ofrecen al señor Delmont a través de la ventanilla, que apenas las ha visto ya han cambiado. Así los bosques, los prados, los sembrados, las granjas, las fábricas, las casitas allá a lo lejos, y así los recuerdos y los proyectos.




     Es un viaje distinto decía: el horario es peor, va en tercera y no lo paga la empresa, ya que no tiene nada que ver con su trabajo, sino con esa Cécile que decía, una chica culta, inteligente y hermosa que trabaja en la embajada de Francia en Roma y se aloja en el piso de la señora da Ponte en la Via Monte della Farina. El señor Delmont la conoció por casualidad en el tren; no pasó nada más allá de una coincidencia de simpatías. Luego hubo un segundo encuentro casual en Roma y entonces ya sí, poco a poco se convirtió en la mujer que le redimía de una vida laboral y familiar que le estaba asfixiando, pero, claro, no tiene bastante con esas ocasiones tan espaciadas que le brindan sus obligaciones con la casa Scabelli, quiere más, y ella también. Él le dice que va a dejar a Henriette, que le buscará un trabajo y un pisito en París y se irán a vivir juntos, aunque de divorcio nada, eh (estamos en los años cincuenta del siglo pasado y ese tipo de rupturas iba acompañado de la palabra "escándalo" entre signos de exclamación). El caso es que ese proyecto de vida en común no acaba de de concretarse y, cuando ya se atisba el peligro de que se convierta en un tumor que envenene la relación, Delmont consigue de su amigo Durieu la posibilidad de que Cécile trabaje en su agencia de viajes de la avenida de la Ópera, esquina con Danielle Casanova. De modo que este es el motivo por el que viaja a Roma en el expreso de las 8:10, en tercera, nada de coches cama. Son mil cuatrocientos treinta kilómetros, veintiuna horas y treinta y cinco minutos de trayecto, doscientas setenta páginas de novela: tiempo y espacio suficientes para que se produzca una modificación en los planes del viajero, pero eso ya no te lo cuento. 

     

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