sábado, 30 de septiembre de 2017

"Ánima": Wajdi Mouawad en el laberinto

De "ánima" a "animal" solo hay una ele, la letra que representa el esquema del laberinto, un espacio tortuoso, entre lo geográfico y lo simbólico,  por el que el lector de la novela de Wajdi Mouawad sigue a Wahhch Debch, un perdedor sin gloria de la estirpe de esos inocentes de Patricia Highsmith que buscando el bien o, al menos, lo conveniente se adentran cada vez más en la tragedia. Como  en su obra de teatro "Incendios" ese laberinto trágico conduce a la revelación identitaria al modo de Edipo, y como en aquella el lector se ve sacudido con una fuerza inaudita, al punto de que su lectura es también un ejercicio físico: estómago encogido, sudores, taquicardia...  ¿Pero qué bestia se esconde dentro de ese hombre? -se pregunta una Tegenaria doméstica, la araña narradora de uno de los capítulos; y un poco más abajo sentencia: "Nadie para ver lo que había que ver", que es precisamente lo que justifica la pluralidad zoológica de los narradores de la novela: una gaviota, un zorro, un perro, un caballo, una mofeta, una hormiga, un cerdo, una mariposa... Son a veces animales de testimonio objetivo, describientes, captadores de conversaciones; a veces impresionables, reflexivos, opinantes, incluso poéticos: "Somos el polvo antiguo de la inocencia olvidada" dice una Lampyris noctiluca (luciérnaga) antes de vaticinar una profecía relativa a ese protagonista, Wahhch Debbch, objeto del asombro de los animales del mismo modo que podría serlo el diluvio en el relato de los pasajeros del arca de Noé.
     Es un laberinto extraño el que propone Wajdi Mouawad. Extraño y peligroso. Por un lado uno se ve a las primeras de cambio en una novela negra, tras las huellas de un asesino psicópata; al poco se sorprende por esa pluralidad narrativa animal, que acepta como una mera originalidad, quizás con desdén, pues ve en ella diferentes disfraces para el mismo narrador. Pero avanza la lectura por carreteras y moteles, las páginas se llenan de pistas macabras, uno no sabe ya si se trata de una búsqueda o de una huida, y entonces descubre que está quizás en una antifábula: la manera en que en ella se relacionan los papeles del hombre y del animal forman parte de la experiencia lectora, de modo que dejo ahí la palabra y que cada cual descubra su alcance. Mi propósito aquí no es guiar a nadie en el laberinto, sino invitarlo a entrar.
     He tardado más de un mes y medio después de su lectura en ponerme a escribir sobre ella. El desconcierto emocionado que me produjo me impulsaba más a hablar del entusiasmo que a buscar sus causas. Hoy puedo ver el armazón de novela negra, sencillo y eficaz como el de un best-seller, por debajo de una tragedia griega que es también canadiense, libanesa y, por desgracia, dolorosamente próxima. Entiendo que el dilema de Wahhch es el mismo que el de la madre en "Incendios", y que la búsqueda de los dos hermanos en esa obra es la misma que la de aquel en esta. Hoy veo en los tres el desdoblamiento del propio autor, Wajdi Mouawad, y comprendo que su herida no nos es ajena ni en el dolor ni en su causa. Y esta comprensión me perturba.



     
     De alguna manera los libros que leímos dialogan con los que leemos. A veces son evidentes las relaciones, como me ocurre con algunos momentos de esta "Ánima" respecto a "La llamada de lo salvaje", de Jack London. Otras es más sutil, y quizás más profunda, pero se resiste a la explicación, tal vez porque la causa no esté en el texto tanto como en el lector; y esto es lo que me pasa con "El corazón es un cazador solitario", de Carson McCullers, cuyo protagonista sordomudo, John Singer, comparte mesa y bebida con Wahhch en mi biblioteca imaginaria.
     Singer no dice nada. Son los demás los que le hacen decir lo que quieren y necesitan oír. Y Wahhch...    
     "Todas las almas necesitan un barquero, un Caronte a bordo de su lancha, para alcanzar las ardientes orillas del infierno, tú eres mi barquero con tu camioneta, pequeña hada, y sí, huyendo de Virgil, y abandonando mañana Ulysses, deberemos dejar aquí, ya lo dijo el poeta, toda esperanza." Esas son sus palabras a una adolescente que le ayuda a seguir su camino, escapando ella misma de la prostitución y la violencia. Volvemos al laberinto, desde Quebec a Arizona, de las reservas de los mohawk a los campos de Sabra y Chatila, de los testimonios de denuncia a los documentales de resistencia, de la literatura clásica a lo más profundo de esta "Ánima".   
 
           
"Ánima", de Wajdi Mouawad.
Editorial Destino. Barcelona, 2014
Traducción de Pablo Martín Sánchez

2 comentarios:

  1. Bueno, pues es evidente que habrá que leerla. No digo más.

    Montes

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  2. 1. Excelente artículo, Ricardo. Solo te pondría una pega, que no sé si está plenamente justificada porque no he leído la novela, la alusión al laberinto. Por lo que cuentas en tu entrada, la novela se asemeja más a una pesadilla o a un delirium tremens que a un dédalo.
    2. Lo de la pluralidad narrativa animal es francamente original. Ya conocía algunos precedentes, desde Cipión y Berganza hasta el gato Murr, que cada mañana escribe al dorso de las memorias de su amo su propia versión gatuna de los hechos. ¿No será esta novela el desvarío de las propias bestia narradoras o el cuento de un idiota? El nombre onomatopéyico del protagonista parece sugerir esta posibilidad. Wahhch Debch suena a escupitajo, a un nombre sugerido cuando el bebé todavía no ha aprendido a hablar o también al sonido emitido por alguno de sus animales narradores: un ladrido o un graznido.

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