DELIBES Y EL SILENCIO
Me detengo un lunes en este viaje literario por las tierras del Delta del Misisipi para escribir unas líneas de homenaje a un escritor que cazaba. Estoy en Rowan Oak, la casa de una antigua plantación algodonera, en medio de un artículo sobre quien fue su propietario, William Faulkner, desde donde vuelvo la mirada a los anchos campos de Castilla: Delibes ha muerto. Era mayor, estaba enfermo y había escrito cuanto quería escribir. De hecho hacía tiempo que el escritor estaba muerto. Él mismo redactó su epitafio: "Aunque viví hasta el 2000..., el escritor Miguel Delibes murió en Madrid el 21 de marzo de de 1998, en la mesa de operaciones de la clínica La Luz [...]. En el quirófano entró un hombre inteligente y salió un lerdo. Imposible volver a escribir. Lo noté enseguida".
Son palabras de una lucidez que produce escalofríos. "Lo noté enseguida" dice, y ahí está lo extraordinario. Rodeados de zombis literarios, escritores de cuerpo y novela presentes, él se niega a escribir hojas muertas y se calla. "Soy un hombre sencillo que escribe de manera sencilla". Por lo que ante la amenaza de que los estragos de la enfermedad gangrenaran su prosa de recovecos y virguerías, nos dejó su silencio como una lección de estilo.
Hay algo de otoñal en sus libros, como de un mundo y unas gentes que se nos van. Una vez le oí decir en la radio que la televisión había sustituido en las familias a las charlas con los abuelos. Creo que sería en una entrevista a raíz del Premio Cervantes, en el 93, cuando ya tenía un montón de nietos y su imagen se había convertido en tan entrañable como lo era su prosa. Quizás esto porque "El camino", "Las ratas" o "Cinco horas con Mario" formaban ya parte del equipaje sentimental de muchos españoles que las habíamos leído en el instituto. Estábamos en la edad del primer enamoramiento y de las amistades para toda la vida y éramos como tierra en sazón. Leíamos esas novelas y disfrutábamos sin nostalgia de aquellas historias que contagiaban la calidez de las charlas de los abuelos a la lumbre.
Josep Pla, enorme escritor de la misma escuela que Delibes, contaba la sorpresa de un paisano payés cuando le refirió su propósito de dedicarse al oficio de la pluma: ¿Tú escritor? ¡Pero de qué vas a escribir, si no reconoces el canto de los pájaros ni sabes el nombre de los árboles!
El silencio prematuro del escritor vallisoletano y la reticencia del campesino ampurdanés valen por el mejor taller de literatura. Delibes aprendió de un manual de derecho mercantil la importancia de la palabra justa sin aderezo, y en sus caminatas por el campo, persiguiendo a la perdiz roja, el nombre de las cosas de un mundo que enseñó a sus lectores a querer.

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