lunes, 21 de marzo de 2022

"El peón", de Paco Cerdá: lirismo y metafísica del ajedrez

 

 

Hay una lírica y hay una metafísica del ajedrez. A veces ambas convergen felizmente en la misma partida. Es el caso de aquellos versos de Borges: En su grave rincón, los jugadores/ rigen las lentas piezas. El tablero [...] Dos sonetos que nos regalan una experiencia literaria de la perfección: nada sobra, nada falta, y queda en el lector el convencimiento de que el poema no podía ser de otro modo, e incluso de que ya era así antes de que Borges lo escribiera. Lírica y metafísica. Como pago de una deuda de inspiración y gratitud encuentro en las páginas de "El peón", de Paco Cerdá, numerosas referencias a esos dos sonetos. Podrían haber encabezado el libro si Borges no estuviera tan lejos de la condición de peón, pero para esos menesteres protocolarios Cerdá ha buscado en las clases subalternas de la cultura, muy en la línea de la idea de trascendencia del ajedrez que desarrolla, más próxima a la sociología que a la metafísica, y que articula la metáfora que cohesiona toda la obra:


Los peones son el alma del ajedrez 
(François-André Danican Philidor).

Y esta otra: Si la partida tiene un destino,/ ellos son los juguetes del destino;/ si bien a veces, por ironía, /el destino depende de ellos.

Ezequiel Martínez Estrada (Lírica social amarga)
Ese peón con alma, sujeto a un destino del que a veces es artífice, inmerso en un momento histórico -el año 1962- donde es difícil deslindar lo individual de lo colectivo, es el niño prodigio Arturito Pomar, pero también sin el sufijo y sin el prodigio: Arturo Pomar Salamanca, funcionario de Correos y el primer Gran Maestro español de ajedrez. Y, junto a ellos, una larga serie de hermosos vencidos que Paco Cerdá rescata de las cunetas de la Historia, (y unos pocos que escapan a esa doble condición). Julián Grimau, Francis Gary Powers (un piloto espía estadounidense capturado por los soviéticos), Pedro Sánchez Martínez Y Ramón Vila -"Caracremada"-, ambos maquis; Robert F. Williams (norteamericano, activista por los derechos de los negros), Román Alonso Urdiales (falangista que en público acusó a Franco de traidor), Roland Stokes (veterano de la guerra de Corea, negro, asesinado por la policía de su país), los siete mineros asturianos de "La Nicolasa" que se atrevieron a iniciar una huelga; la escritora Dolores Medio (que se manifestó en Madrid en solidaridad con las mujeres asturianas que apoyaban y padecían la huelga, y que por ello fue encerrada un mes en la cárcel); Blanche Posner, miembro del Women Strike For Peace, activista opuesta a los experimentos con armas atómicas, puesta en la picota anticomunista del macartismo; Marcos Ana, el decano de los presos políticos de las cárceles franquistas; James Meredith (el primer negro que se matriculó en la Universidad de Mississippi); Dionisio Ridruejo; George Fryett (militar norteamericano prisionero del Vietcong); Salvador de Madariaga; el mayor Rudolf Anderson (el único muerto en combate en la "crisis de los misiles" de Cuba); Boris Spasski; George Steiner; Blas Piñar (sí, el fundador de Fuerza Nueva, la versión original de VOX); Marilin Monroe; los primeros etarras; Diego Martínez Barrio (presidente de la República Española en el exilio; Radio Española Independiente ("La Pirenaica"); "The Other America: Poverty in The United States", de Michael Harrington; Salvador Barluenga, estudiante universitario que robó el retrato de Franco que presidía el paraninfo de la Facultad de Medicina de Barcelona; Tom Hayden, activista estadounidense de izquierdas al que los cargos públicos le desactivaron; Nee-gon-we-way-we-dun ("El trueno antes de la tormenta"), indio ojibwa luchador por los derechos de su pueblo; Fidel García Martínez, obispo de Calahorra desafecto al régimen y represaliado mediante la calumnia; Thomas Merton, estadounidense, monje del Císter, pacifista que se opuso a la política de su gobierno y al silencio de su iglesia; Pedro Ardiaca Martí, militante clandestino del PSUC; Herbert K. Stalling, agente del FBI, especialista en desestabilizar agrupaciones y partidos de izquierda; una señora mayor, viuda -su marido fue asesinado en el año 42 en un paredón del cementerio de Paterna, acusado de haber sido concejal de su pueblo-, que mira en la tele cómo el Generalísimo felicita a los españoles la Navidad y el Año Nuevo. 

La lista es larga, los capítulos cortos, setenta y cuatro en total (los movimientos de la partida entre Fischer y Pomar en el Torneo Interzonal de Estocolmo de 1962). "Con lo bien que juegas, tendrás que volver a poner sellos cuando termine el torneo" -dicen que le dijo Fischer a Pomar al firmar las tablas. La anotación de cada uno de los movimientos hasta llegar ahí encabeza los capítulos. Entre los protagonizados por los integrantes de la lista se interpolan otros dedicados a Pomar, a Fischer, al transcurso y circunstancias de la partida entre ambos, y a ciertas expansiones líricas sobre el ajedrez y la vida que tienen algo de metafísica.
El resultado de todo ello es un libro de carácter misceláneo que es al mismo tiempo reportaje, anecdotario,conjunto de artículos y un poco de ensayo, hilvanado todo con elegancia en un estilo que discurre entre la sobriedad del periodista y el entusiasmo de un escritor apasionado con el objeto de su escritura.
En "Los últimos. Voces de la Laponia española" (editado igualmente por Pepitas de calabaza) Cerdá ya manifestaba talento para encontrar y dejar hablar a los protagonistas, estableciendo, a mi modo de leer, un diálogo muy interesante en torno a la despoblación con "La España vacía. Viaje por un país que nunca fue" (Editorial Turner), de Sergio del Molino. Aquí  mantiene la polifonía como recurso narrativo, pero invierte el objetivo: allí eran las voces de los resistentes las que leíamos, las de los del "aquí nací y aquí me quedo" y la de los desencantados y desheredados de las ciudades que a cuestas con su desengaño y su esperanza venían a habitar los pueblos. Aquí las que encontramos no son las voces testimoniales de uno que te cuenta, sino discursos institucionalizados: un informe médico, crónicas del ABC sobre los éxitos del niño Arturito Pomar en Londres, una "tercera" de ese mismo periódico sobre lo mismo ("Este muchachito moreno, de cuño español, en cuyos ojos, entornados por la meditación del juego, se vislumbra la furia ibérica, ofrece en su aire colegial un arquetipo de la adolescencia acrisolada."), otra "tercera" firmada por Blas Piñar, la transcripción del NODO del 28 de mayo de 1962: el pueblo catalán de Tragó de Noguera va a quedar sumergido bajo las aguas de otro pantano ("un sacrificio necesario"), un informe de seguimiento policial a unos rojos desestabilizadores, el primer mensaje de felicitación por Navidad televisado de Franco. Todos ellos conforman un panorama de la retórica del franquismo tan siniestro como las celdas de la Dirección General de Seguridad. Emerge entonces una sensación de asco en el lector que nace del conocimiento de que tras el sustantivo solemne y el epíteto marcial late una violencia de paredón, de porra de verga de toro, de balas de goma, hostia va, hostia viene, firme el ademán y banderas al viento. Era una violencia orgánica que calaba en todos los ámbitos de la vida, institucionalizada desde la escuela con capones, pestorejazos, bofetadas, pellizcos de monja, estirones de pelo y humillaciones -todo por el bien de los niños, por supuesto, y al paso alegre de la paz.  
Arturito Pomar (1931-2016), promovido a niño prodigio oficial, fue utilizado como emblema de ese régimen, paseado, exprimido, agotado, abandonado a su suerte y finalmente olvidado. En su historia nos descubre Cerdá la fuerza trágica de los mitos: la violenta estupidez de Saturno devorando a sus hijos.


3 comentarios:

  1. El título y la idea de la obra, “El peón”, es demasiado solemne; se diría un exceso retórico del Nodo. El tópico del ajedrez, tan manoseado durante siglos, tal vez funcione con Nabokov o Borges, pero aquí es un título desproporcionado al contexto, que no sé si se justifica como ejercicio de ironía, sarcasmo o lectura inversa. Lo del “destino” también podría haber salido de la televisión de la época con su olor a alcanfor épico. ¿Es también un ejercicio de ironía?
    Lo de Arturito Pomar me recuerda a un concurso que veía de pequeño, “Cesta y puntos”, en el que varios niños-hombres, que parecían haber nacido con el trajecito de chaqueta puesto para saltar directamente de la infancia a la madurez, demostraban sus habilidades deportivas y su erudición académica. Básicamente era una exhibición de músculo y “cerebro”.
    Una curiosidad. En un libro titulado “Voces de la Albania comunista”, aparece otro Arturito, otro niño-hombre. Este caso aún fue más triste, porque el muchacho acabó odiando el ajedrez y desperdició su talento para otras disciplinas como la ciencia por complacer al tío Enver (Hoxa).

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    1. Hombre, Huguet, que me digas que es solemne lo del título de "El peón" creo que es solo por incordiar. ¿Qué hubieras dicho si en vez de un peón hubiera puesto en la portada un caballo o un alfil? Y ya no te digo la torre o a alguno de los monarcas. Es verdad que el ajedrez se presta a metáforas, lo mismo que los laberintos y los espejos, y es verdad también que ese territorio ya ha sido muy transitado, pero Cerdá no tiene ninguna pretensión de originalidad, y eso se agradece. El hombre escribe bien, tiene vocación de estilo y, aunque a veces se nota más de la cuenta, no molesta. A ti te gusta meter el diente en la prosa muelle (no en la de Cerdá, sino en la mía) y te arriesgas a que te dé el mate pastor con un par de adjetivos y un sintagma trapero. Te salva que siempre me resultas gracioso, a pesar del peligro que tienes. Mencionas el programa aquel del Mesozoico de la TVE, "Cesta y puntos", y te imagino de concursante, empollón imbatible agotando la paciencia del presentador y arruinando para siempre el concurso. Aquí como no hay nada que arruinar tienes barra libre. Incluso puedes extenderte sobre el corte de las chaquetas albanesas comunistas. Me da que no serían mucho más elegantes que las que vestía Arturo Pomar (cuánto daño puede hacer un diminutivo).

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