martes, 16 de agosto de 2016

Los Presley y los Faulkner


Así como Penélope, durante siete meses, tal vez más, deshaciendo a la mañana lo tejido la víspera, y sin adentrarme más allá del punto y aparte que cierra el primer párrafo, así leía yo por la noche el arranque de una novela y trataba de olvidarlo durante el día. En solo quince líneas encontraba el antídoto y el veneno. Su lectura me aliviaba el empacho de ruido y de mala literatura y, al tiempo, me paralizaba. La novela era "El villorrio"; su autor, William Faulkner; y mi intento, inútil. Han pasado diez años de aquello y puedo recordar la descripción del "Recodo del Francés" como si la hubiera leído anoche: "Sus ruinas -el cascarón desvencijado de una quinta monumental, con cuadras y corrales vacilantes, jardines, terrazas y paseos invadidos por la hierba- se denominaba aún el Viejo Francés a pesar de que su delimitación original, ahora existía únicamente en viejos papeles amarillentos, guardados en las oficinas de la Cancillería del tribunal de Jefferson".
     Hay algo hipnótico en la prosa de Faulkner que está por encima de su asunto y que resulta más complicado de explicar que de sentir. En mi caso fue peligroso y, cuando al fin pude leerla sin añadir más trastornos a los míos, mantuvo su poder adictivo. Hubo un tiempo, incluso, cuando leí sus "Relatos", publicados en Anagrama, en que al final de cada uno de ellos me bebía una copita de burbon, en lo que era al mismo tiempo una celebración y una ofrenda.
     En "Entropías", una novela inédita de Javier Fullaondo, leí que entre dos desconocidos cualquiera de Nueva York no había más de cinco personas. Es decir, Fulano conoce a uno que conoce a otro que lo mismo, hasta llegar a Mengano en una cadena que no supera los cinco eslabones. A veces he fantaseado con estas relaciones, también hacia el pasado, descubriendo conexiones inverosímiles.
  
Rowan Oak
  La tarde en que llegué a Oxford, Tennessee, en el verano del 2004, mientras buscaba Rowan Oak, la casa en la que vivió Faulkner desde 1930, me recreaba por la calle pensando que cualquier anciano con el que me cruzaba podía valerme de único eslabón hasta él. Pero no es de esa cadena de la que quiero hablar ahora, sino de la que descubrí en aquel viaje en busca de los escenarios de la última parte de mi novela -la que lleva el título de este blog y tiene como protagonista a un imitador de Elvis- entre aquel escritor y el Rey.
     Había tomado unas cuantas notas para trenzar la relación: que Oxford está a 45 millas de Tupelo, casi a medio camino entre éste y Memphis; que los dos fueron malos estudiantes; que cuando medraron se compraron sendas mansiones de antiguas plantaciones de algodón; que ambos frecuentaban el Hotel Peabody, en Memphis; que el mismo exceso que sufrió Elvis por la comida lo padeció Faulkner por el alcohol; la fidelidad que siempre mantuvieron a sus raíces sureñas... Luego ahondé en sus genealogías y me encontré con que tanto el origen en América de los Presley como el de los Faulkner se remonta a emigrantes escoceses de principios del XIX. Pero pronto empezaron las divergencias. Un bisabuelo de Faulkner, conocido como el Viejo Coronel, fue un héroe de la Guerra de Secesión que se forró con el contrabando y luego con el ferrocarril y la banca, de modo que aseguró un buen pasar a su descendencia. Los antepasados de Elvis, en cambio, no tuvieron una participación tan lustrosa y, si bien la fidelidad a la causa queda demostrada de sobra con el nombre del abuelo materno: Robert Lee Smith, destaca por lo contrario un tatarabuelo paterno, desertor reincidente. En cualquier caso, la guerra no les sentó bien ni a los Presley ni a los Smith (la familia de su madre), y hasta que en la década de los treinta del siglo pasado se produjeron los movimientos migratorios hacia la ciudad, el oficio más frecuente de los miembros de ambas ramas familiares fue el de aparcero. Por ejemplo, el del padre de Gladys (la madre de Elvis), quien para ampliar los beneficios de una pobre explotación agraria que apenas daba para el mantenimiento de su prole tuvo que echar mano de la destilación clandestina de whisqui. O la misma Gladis, quien ya en Tupelo, trabajadora en una fábrica de ropa, tenía que ir a cosechar el algodón con su Elvis, de apenas un par de años, sujeto con un pañuelo a la espalda. Eran los blancos pobres o, como despectivamente se les denominaba, los "rednecks", un término que une a la expresión anterior un origen -del Sur- y un fuerte sentimiento de desprecio que aún está presente en buena parte de la sociedad estadounidense,  incluso en los estados sureños. Y es justo el mundo de esos parias el que ocupa algunas de las mejores novelas de Faulkner. La Addie Bundren de "Mientras agonizo" o Lena Grove, la protagonista de "Luz de agosto" parecen sacadas del árbol genealógico de Elvis. La literatura del escritor de Oxford les honró y les santificó ya para siempre, pero tales honores nunca alcanzaron a las personas cuyos dramas inspiraron aquellas historias, ni tampoco a sus descendientes. Cuando Elvis descollaba tuvo que lidiar contra la indignidad de quienes pretendían insultarlo llamándole paleto del sur, "nuca roja", porque eran incapaces de aceptar el protagonismo que un ritmo procedente de los negros empezaba a tener en la música de todos los americanos. Los blancos cultos y ricos veían como muy peligrosa aquella irrupción explosiva nacida de la pobreza y de la negritud del Sur. En este sentido, no me parece ninguna casualidad que la Universidad de Misisipi se denomine "Ole Miss", que es el femenino de "Ole Massa", el término con el que los esclavos negros se referían al dueño de la plantación.       

2 comentarios:

  1. Lo leo ahora gracias a Jon. Un brindis por tus palabras. Saludos

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    1. Bienvenido. Venir de parte de Jon es una excelente carta de presentación.

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